sábado, 10 de agosto de 2019

El médico rural.

Los médicos rurales, de principios del siglo XX.
El artículo que he elegido para hoy, dentro del apartado titulado: "Mi querida España", está escrito por don Ignacio Carral, para la revista "Estampa", y en él, se dice lo siguiente:
"Doce mil médicos rurales -inspectores municipales de Sanidad o médicos titulares, que también se les llama- atienden a la salud y al remedio de las enfermedades en los pueblos y aldeas españoles, allí donde la riqueza del lugar no es suficiente para atraer a la concurrencia de profesionales. Son entonces los Ayuntamientos los que, según sus fuerzas, ofrecen una cantidad inicial al médico que quiera establecerse allí y visitar a sus vecinos.
  -¿Entre cuanto oscilan los titulares?
  -¡Uf! ¡Hay para todos los gustos! Los Municipios ricos pagan bien; pero, como es lógico, cuando un Municipio es rico los vecinos suelen serlo también, y entonces ya no suele tener titular. Yo, por ejemplo,disfruto una titular de mil quinientas pesetas, anuales naturalmente. Hay titulares de más, pero también las hay de menos.
A veces no necesita entrar en casa del enfermo, en la misma puerta le aguarda éste para que le tome el pulso y dictamine su mal.
Nos habla el médico de un pueblecito serrano, de cuarenta vecinos: un hombre sencillo que sabe perfectamente que su esfuerzo constante no le ha de dar ninguna gloria, ni más prestigio que el de la confianza de los vecinos entre los que ejercita su ministerio.
-¿Y con mil quinientas pesetas se puede vivir?
- Claro que no, si solo tuviéramos eso, nuestra situación sería verdaderamente angustiosa, en vez de ser nada más que apretada. Nos defendemos con las igualas, ya sabe usted lo que es una iguala: una cantidad fija que los vecinos pagan anualmente, con lo cual adquieren el derecho del que el médico les visite siempre que se ocurra. Pero la verdadera solución sería que fuéramos funcionarios del Estado, en vez de serlo de los Municipios.
-¿ Y que dinero vale, aproximadamente, una iguala?
- Dinero, ninguno, por lo menos aquí, en Castilla, y puede decirse que en casi toda España, el campesino no tiene dinero contante y sonante para pagar. A falta de ello tiene especie: aquí, grano, y con él paga la renta de sus tierras y atiende a sus necesidades. Con él paga al boticario, como al médico y obsequia al cura y al maestro. Por estos pueblos se oye hablar más de fanega que de pesetas, concretamente en éste, la moneda corriente es el centeno. A mi me pagan una, una y media o dos fanega de centeno por la iguala.
-¿ Que vendrán a ser unas sesentas fanegas de centeno, uno con otro?
- Bastante más, porque yo, como casi todos mis colegas, no solo atiendo a este pueblo, sino a otros tres, anejos a él para el servicio. La cosa no es muy cómoda, pero es absolutamente necesaria, tanto para los Ayuntamientos, que así se ayudan a pagar mutuamente, como para nosotros, que vemos de este modo aumentados los ingresos para poder vivir decorosamente dentro de la modestia.
Y hele aquí en funciones, examinando concienzudamente el estado de un enfermito, mientras la madre aguarda angustiada el resultado.
-Entonces, en total, cuales vienen a ser los ingresos de la profesión?
- Por lo que a mi se refiere, puede usted calcular alrededor de los ocho duros por vecino, y son noventa, así es que unas tres mil quinientas pesetas anuales, que, con las mil quinientas de la titular, hacen cinco mil. Claro que el que estos ingresos aumenten o disminuyan está sujeto al aumento o bajada del cereal en que nos pagan, de todas maneras, ya ve usted que no es para echar automóvil.
- Si; hoy un automóvil no es un artículo de lujo, y, para uno de nosotros, es más bien un artículo de primera necesidad. Un cochecito barato, pagado a plazos y conducido por uno mismo, no es difícil de sostener, sin embargo, eso sucede en titulares de importancia un poco mayor que la mía y que la de infinitos compañeros que vienen a tener los mismos ingresos que yo.


De mañanita, el médico rural se echa a las calles del pueblo a hacer su visita cotidiana. Le sigue su perro, gran amigo en la soledad aldeana, y le ayuda su cayado a caminar por las callejas empinadas de piso desigual.
Caminamos a través de las callejas desiertas del pueblo. El médico acaba de salir de casa a realizar su visita matinal. El silencio pesa sobre la calma pueblerina.
Una pregunta sube a nuestros labios, que formulamos, aún dándonos cuenta de su impertinencia:
- ¿Y como ha venido usted a encerrarse aquí?
Nuestro interlocutor no se enfada por eso, ni siquiera se asombra. Mil veces le deben haber hecho esta pregunta, y quizás él también se la ha formulado a si mismo:
- ¡Pchs! Desde luego que el que un médico se encierre en un pueblo no es producto de ningún fracaso. La prueba está en que, cuando van a ocupar su titular, suelen ser siempre jóvenes, pero, tampoco quiere decir esto que sea un principio de carrera, un noviciado. Hay infinidad de médicos jóvenes que no piensan ni por un momento en la titular, y hay muchos viejos que se niegan a salir del pueblo donde ejercen, aunque se les presente ocasión para ello. En esto debe de haber algo de herencia, además del natural cariño a la tierra, porque la mayoría de los médicos rurales son hijos de médicos rurales. Hay evidentemente aquí algo de amor a la vida tranquila de la aldea, después de haber gozado de la vida febril de la ciudad. En el pueblo la vida es monótona, aburrida, angustiosa, si se quiere..... No hay más distracciones en la diaria tarea que los sencillos placeres de la caza o echar un mus en un tresillo con el cura y el boticario... Sin embargo, si a uno le dijeran de pronto, que tenía que irse de aquí para no volver... ¡es posible que luchara uno heroicamente para no marcharse...!
En plena carretera, cuando va a visitar los pueblos comarcanos, le sucede a menudo que un enfermo solicite sus servicios.
Nuestro médico se ha visto detenido de pronto en medio de la calle por una mujer que le cuenta con voz llorosa, unos dolores de costado que sufre. El médico la examina un momento y luego saca su recetario, donde escribe de prisas unas palabras, mientras  consuela a la doliente:
- No te apures, mujer, no te apures....Que te den esto en la botica y te das friegas con ello por la noche.
  La mujer toma el papel, le contempla un momento, lloriquea las gracias y se va. El médico se dirige enseguida a una casa, empuja el cerrado cuarterón de la puerta y sube la escalera pina. Se le ve salir al poco rato y dirigirse a otra y a otra....
- ¿Hay muchos enfermos en el pueblo?
- No, en realidad enfermos, ningunos. Ahora que como lo mismo les cuesta llamando al médico que no llamándole.....
Subimos al casino a tomar un vermut. El médico nos contempla unos instantes en silencio, entornando los párpados, luego reacciona de pronto y se disculpa;
- Anoche no me dejaron dormir, ¿Sabe?, un parto ahí, en el pueblo de al lado. Vinieron a buscarme a las tres de la madrugada.
- ¿Visitan ustedes a cualquier hora que se les llame?
- Claro, si no tuviéramos el compromiso legal tendríamos la obligación moral de hacerlo, ya que no hay otro médico a muchos kilómetros a la redonda.
- Y muchas noches les levantaran para nada....
- Según, nunca se sabe..... Una noche recuerdo que vino un hombre, embozado en su manta, desde uno de los pueblos anejos, a llamar a mi puerta a la una de la madrugada. Era una terrible noche de Diciembre que, aquí en la sierra, ¡figúrese que proporciones no adquirirán!. Yo estaba aquel día algo acatarrado y mi mujer no quería dejarme marchar de ninguna manera. Pero el hombre que había venido a avisar me suplicó de tal modo, decidí coger mi caballejo e irme detrás de recadero, que iba sobre una mula. Se trataba de una mujer con un simple cólico, un cólico de esos que se resuelven por si mismos, o, al menos, con medicinas caseras que todo el mundo conoce. Sin embargo, me abstuve de todo reproche, y me limité a devolverles la broma, confieso que con un malsano placer, haciéndoles muy serio una receta de aceite de ricino, para que fueran a por ella a la botica. A los cuatro o cinco días me encontré aquí, en el pueblo, a aquel hombre que había venido a avisarme:
- ¿Que tal la enferma? -le pregunté todavía un poco irritado- ¿Vinieron a por la receta que les hice?
- Si señor, si -contestó el hombre apresuradamente, metiendo la mano entre la faja y sacando un papel que yo reconocí enseguida-, hora mesmo voy a por ella.
- ¿Pero no viniste aquella misma noche?
- No, señor; no podía perder más tiempo aquel día. Y estos otros, pues tampoco he podido venir. Y hoy, que tenía que llegarme por acá a un asunto, pues me dijeron: "Oye, ya que vas por allí, llégate a la botica y trae eso que mandó el médico".
- ¿Pero es que la enferma continua en la cama? -pregunté extrañado-
- No señor, ya está como si tal cosa y anda por allí tan buena... ¡Pero como usted lo ha mandado!
El médico se encoge de hombros, como para indicarnos que no es preciso asustarse demasiado por estas cosas, y continua:
O que un campesino se acerque, caballero en su burro, para preguntarle que debe hacer con un familiar suyo que presenta tales o cuales síntomas.
- En cambio, otra vez vinieron a buscarme, de aquí, del pueblo mismo: "Que haga usted el favor de llegarse a casa del tío Fulano, que tiene a la hija un poco mala". Como sabía que la muchacha padecía ataques al corazón de alguna gravedad, mandé pasar en seguridad al recadero, que era un hermano de la enferma, y, como éste viera que me disponía a levantarme de la mesa sin acabar de comer, me retuvo: "No, si no es de cuidiao, termine de comer". Terminé, a pesar de todo, un poco de prisa, y me encaminé a la casa. La chica había muerto ya, sin que ninguno de la familia se hubiera dado cuenta. La habían metido en la cama cuando la había dado el primer síncope y no se habían vuelto a preocupar más de ella.
- ¿Pero como no me han avisado antes? -les reproché a los familiares-. ¿No les dije que era muy grave lo que tenía y que no dejaran de avisarme en seguida a la menor cosa?. Y el padre me contestó, sinceramente abatido por la desgracia y derramando lágrimas como puños: ¡Ya me acuerdo, si señor! ¡Peo no me se vino a la memoria! ¡Tie uno tantas pejigueras en que pensar....!  ¡Y, además, ¿quien se hubía figurao que después de tantas veces como la había dao el desmayo se iba a morir precisamente esta!
El médico se interrumpe un momento, y exclama:
- Pero una cosa y otra, estas gentes lo hacen siempre sin mala intención y no de puede uno enfadar con ellos, ¡no se lo explicaría!, además que, para compensar de estas cosas trágicas, son muchas las veces en que suceden también cosas pintorescas, por ejemplo, me acuerdo ahora de una convaleciente a quien la mandé tomar un poquitín de besugo, y me la dieron un besugo entero, con cabeza y todo. Y la familia decía, para disculparse ante mi: "Ya que nos habíamos gastao el dinero ¿quería usted que la enferma no lo aprovechara?".
Y mientras reímos, nuestra amable víctima prepara otra anécdota de su vida azorosa de médico rural:
- A otra enferma la mandé tomar una sopita de fideos para irse reponiendo. En todos estos pueblos el alimento ordinario es la sopa de pan, para hacer la cual el pan se recala simplemente y se pone enseguida blandito. Pues esto mismo quiso hacer aquella mujer con los fideos. Al preguntarle que tal le había sentado la sopa, me dijo llorando: 
no he podido atravesarla, me he hecho sangre en los dientes, pero me ha sido imposible comer más de la mitad....
¡Pero la mitad de aquel paquete de fideo crudo se lo había comido!."

17 comentarios:

  1. ¡Cuántas anécdotas, Manuel!
    Parece mentira la pobreza e incultura en la que se vivía y el gran papel que realizaban estos médicos rurales.
    He disfrutado mucho leyendo el post.
    Besitos

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  2. Una entrada estupenda Manuel!
    Los médicos rurales, cálidos y abnegados, siempre ayudando a sus pacientes.
    Ojalá hoy día se contagiaran muchos de su espíritu solidario.
    Abrazos y gracias por compartir.

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  3. Gran labor la de los médicos en las aldeas. Ahora todo esto ha cambiado mucho. Pero recuerdo lo de las igualas.
    Un abrazo.

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  4. Una entrada muy buena, me gustan las anécdotas que suelen contar los médicos sobre lo que les ocurre con los pacientes, en mi familia hay unos cuantos de diferentes especialidades así que he escuchado muchas anécdotas.Me acuerdo perfectamente que en la década de los 80 todavía se pagaban las igualas aunque yo me negué a pagarlas pues me sentía con todos los derechos a ser atendida pues ya pagaba con mi salario de trabajadora a la Seguridad Social y la verdad que los dos médicos de mi pueblo lo aceptaron muy bien y encima me hice muy amiga de sus respectivas esposas.Saludos

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  5. Hay anécdota como para escribir un libro . La sanidad ha cambiado muchísimo como también han cambiado todos los sectores de nuestra sociedad. Muchas veces para bien y otras en cambio para mal. Todo está en una evolución constante. Dentro de unos años también quedará lo que hacemos ahora antiguo y se impondrá otro tipo de vida.

    Besos

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  6. Un relato que parece sacado de una novela, y que sin embargo es parte de nuestra historia, y que confirma que la medicina es una profesión vocacional, que aunque hayan cambiado las cosas, el objetivo de la mayoría no es hacerse rico a pesar de la importancia que tiene que miren por nuestra salud y en ocasiones salvarnos la vida.

    Un relato entrañable con sus notas de humor incluidas, gracias por compartirlas Manuel, junto con las ilustraciones.

    BESOS

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  7. Maravilloso relato "costumbrista" y con anécdotas graciosas de una realidad no demasiado lejana en nuestra españa.
    Aún queda algún médico conocido por algún pueblo, que sin llegar a lo descrito, porque para bien todo ha progresado y cambiado, es reacio a salir teniendo oportunidades, dado el cariño y acogida que vive con los que el llama "mi gente".
    Esta profesión me recuerda por su similitud a la del maestro del pueblo.
    Un gusto saludarte Manuel en esta mañana de domingo.
    Recibe mi abrazo.

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  8. Me recuerda, estimado Manuel, a los médicos de antaño que curaban todos nuestros males sin necesidad de ir a especialistas diversos, como en nuestros días y que eran capaces de venir a domicilio por una emergencia aunque fuese a las tres de la madrugada.

    Abrazo austral.

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  9. Encantada de leerte Manuel. Besos.

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  10. Muy de admirar la labor de los médicos rurales.
    Una gran dedicación.
    Yo creo que todo un ejemplo.
    Un fuerte abrazo.

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  11. HoLa Manuel. Es una meritoria y gran labor de de los médicos rurales,plagadas de vivencias especials, intensas, curiosas, y con situaciòn de humor de bueno...ya no se estila las visitas como antaño, en la mayorìa de lugares, pero durante muchos años era un pilar principal del pueblecito o aldea.

    Este tipo de documento es de mi preferencia y lo has sabido plasmar excelentemente, por lo que recibes mi más cariñosa enhorabuena con un besote.

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  12. OTRO ABRAZO FUERTE Y MUCHAS GRACIAS POR LA INDICACIÓN A MARÍA JOSÉ .


    GUILLERMO


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  13. Eran médicos las veinticuatro horas todos los días del año con un sueldo como nos dices bajo.

    Saludos.

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  14. Nadie se acuerda de ellos, pero su labor era fundamental en otros tiempos, tiempos de enfermedades más mortíferas, tiempos de caminos nevados o asolados por el calor, tiempos de traslados en jumento a la luz de la luna, tiempos de penalidades.
    Un saludo

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  15. Hola Manuel, que buena entrada. Los médicos rurales de antaño eran especiales, muy buenas personas, los de ahora no lo son tanto. Muy buenas las anécdotas, me he reído un poco al imaginar a quien se le receto aceite de ricino..... Saludos amigo.

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  16. Eso si que eran médicos.. Aunque madre mía!!! Qué escasez de medios.. Muy interesante el artículo.. Que tengas un feliz Domingo

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