jueves, 26 de marzo de 2015

El Cristianismo.

Las Épocas del Cristianismo

Especial Semana Santa.
Bajo este título se ha procurado comprender, en brevísimo resumen, los aspectos principales y las mas salientes figuras de la historia de la Religión cristiana, dividida en tres partes que pueden ver a continuación.

LOS PRECURSORES
En esta primera parte se siguen las más hondas raíces del sentimiento religioso anterior a Cristo y el texto lleva como ilustraciones ocho magníficas composiciones tiradas en policromía, dibujadas por Arija, representando otros tantos mosaicos, reproducidos con absoluta perfección.
Job
En la vida de Job y en su libro hemos de buscar las más honda y firme raíz del sentimiento cristiano, como quiera que todas las cosas humanas de identidad arraigan en el dolor, y que entre dolores nacemos y morimos.
Cuanto la ley antigua había dicho antes de Job era aún fundamento escaso para una religión nueva como el Cristianismo. El espíritu nuevo que Job representa, en medio del sensualismo oriental, impone por necesidad la creencia en la otra vida y en los premios y castigos ultramundanos.
Job, rico, feliz, padre de numerosa y florida prole, pierde en un día todos los bienes de la tierra, con ellos pierde la salud, y ve su robusto cuerpo plagado de pústulas horribles. Tan solo no pierde la confianza en Dios. Argúnyele satánicamente sus amigos diciéndole que Dios le ha querido castigar en el mundo, por que en el mundo castiga o premia a los hombres según sus obras. Job en medio de sus espantosas angustias, replica con energía; ha examinado su conciencia, y encontrándola pura y viéndose afligido por todos los males de la tierra, deduce filosóficamente que en otro mundo le darán la recompensa debida, y que los bienes de éste son despreciables por lo perecederos. En este raciocinio de Job está el germen del Cristianismo y de su más pura esencia, del ascetismo.
Después vinieron los maestros en teología; ninguno ganó más hombres para la fe que Job el idumeo, El maestro de los dolores humanos.
David
La poesía y la música, formas las más naturales de expresar y comunicar todos los sentimientos, fueron los medios de los que se valió el rey David para hacer llegar a su pueblo lo que en su espíritu de vidente y en su imaginación de poeta presentía, a veces con claridad, a veces en forma nebulosa y obscura.
Poesía y música es el "Sefer Cehellim" o Libro de los Salmos. Lo hebraizantes eruditos afirman que el rey David debió de componer, los himnos, odas, elegía y baladas que le forman cantándolo al son del arpa de cinco cuerdas y dictándoselo a los maestros de música para que éstos a su vez la instrumentasen y ensayasen los coros, ya que en el mismo texto hebraico se marcan las "voces de doncellas" o tiples, las de los tenores y bajos, y también el conjunto o masa coral.
El Espíritu divino que inspiraba a David le hizo comprender algo de que aun no se han convencido muchos: de que hace más por la cultura y por la moralidad de un pueblo quien le enseña a cantar una poesía de elevada intención y suaves ritmos, que quien intenta predicarle ideas poco inteligibles o imponerle dogmas trascendentales y obscuros.
La voz de David es la del poeta que marca el sendero por donde ha de caminar la civilización cristiana. Al son de sus cantos, como al son de los del vate griego se alzaban los muros de las ciudades, implantáronse los cimientos del edificio que Jesucristo había de construir: que no había de ser ni podía ser la sociedad cristiana como la República ideal de Platón, de donde se desterraba a los poetas.
Isaías
Isaías príncipe de sangre real de la casa de David, fue hijo de Amós, hermano de Amasias, Rey de Judá, y cuñado de Manasés, quien al llegar al trono mandó matar a Isaías haciendo que fuera aserrado su cuerpo con una sierra de madera poco afilada para que el tormento fuese más cruel.
Las razones que Manasés tuvo para sacrificar de tan bárbaro modo al ilustre profeta fueron las mismas que todos los déspotas y tiranos que en el mundo han sido alegaron siempre, sin aprender las lecciones de la Historia, para creer que matando al hombre se hace perecer las ideas que con su palabra afirma y sostiene.
Y Manasés se equivocó, cual se han equivocado siempre todos los déspotas y tiranos.
Con su sangre confirmó Isaías lo que en sesenta y cuatro años de predicación constante había sostenido y divulgado: la ruina y destrucción total del pueblo corrompido e infame y de los malos pastores que le apacentaban; la invasión y dominación extranjera; en fin, la dominación del pueblo bajo el yugo del enemigo, la liberación final, y lo que era cien veces más importante: la venida del Mesías, tan esperado y anhelado.
Los discursos en que Isaías profetiza, las destrucciones, asolamiento y fieros males que sobre su pueblo habían de venir, son, sin duda, menos bellos, más parecidos a las demás profecías  que aquellos en que anuncian la venida de Jesucristo y su reinado en la tierra. En ésto es en los que se advierte la singular clarividencia del orador, su arte para impresionar y seducir al auditorio con la perspectiva de un porvenir de gloria y felicidad en el mundo.
Isaías tenía que ser, por fuerza, popularísimo. Cuanto pensaba y decía halagaba a los buenos, a los pobres, a los desheredados, a los oprimidos. Por eso le mataron los ricos, los opresores. Su sangre había de ser fecunda, sangre de hoy, que al caer en el terruño lleva en si el germen de las flores de mañana. Los augurios del profeta se cumplieron todos. Dosolóse y destruyóse el pueblo maldito, y los tiranos que mandaron  aserrar el cuerpo de Isaías perecieron sin esperanza de perdón.
Jeremías
De los profetas mayores del Antiguo Testamento es el segundo Jeremías, hijo del sacerdote Helcías, y natural de Anatot, a una legua de Jerusalén. Yerra gravemente el vulgo dando el nombre de Jeremías a todo el que se lamenta sin motivo ni causa y el mote de jeremiada a todo descompasado lloro.
Quien haya leído al profeta podrá haber apreciado que lejos de ser el suyo un espíritu pusilánime y cobarde, en pocos pueblos y en pocas épocas se habrá conocido un tribuno de más decididos arrestos y de más valiente resolución para decir la verdad, censurar los abusos y escarnecer, los vicios de los poderosos, de los sacerdotes y del pueblo mismo.
Predijo en elocuentísimos discursos Jeremías la ruina del pueblo hebreo, la cautividad de Babilonia y el imperio de los caldeos en su país; lejos de hacerle caso sus ciegos compatriotas le insultaron, le maltrataron y le cargaron de cadenas, y el noble e inspirado orador saboreó la amargura  de que fueran los extranjeros, los caldeos quienes le dieron libertad cuando ya habían cautivado al pueblo a quien tan en vano exhortara en sus prédicas.
Precursor de Jesucristo, cuya venida vaticinó, Jeremías apuró el cáliz de la ingratitud de su patria, y por sus propios paisanos fue muerto, según la tradición en Egipto, a donde siguió a algunos de ellos que conspiraran contra la dominación babilónica. Insultado, preso y muerto por los que desoyeron su voz no supo odiarlos; y amándolos murió, como el Hijo del hombre más tarde.
No fue Jeremías profeta en su tierra, y por desgracia, su caso se ha repetido cien veces en la historia antigua y en la moderna.
Jeremías es el hombre superior que por la elevación de su mente se hace odioso a la ignorante muchedumbre; el patriota cuya voz es desoída siempre en los momentos de peligro.
La página escrita por Jeremías es la más humana en el prólogo del libro de Cristo.
Daniel
La ciencia universal e infusa la videncia, para lo porvenir y todas las virtudes de la sabiduría divina que en Jesucristo desde niño habían de mostrarse, con asombro de los eruditos y pedantescos doctores de la iglesia hebrea, se ven como esbozada en el profeta Daniel, y manifiéstanse ya, cuan éste no tenía aún doce años, en el sabido juicio y profunda sentencia que pronunció contra los dos viejos que trataron de infamar con sus calumnias a la casta Susana.
Aparece en tal ocasión Daniel, según había de aparecer Jesucristo cuando disputaba con los doctores hierosolimitanos  en el templo, como representante del juicio claro de una inteligencia poderosa y no contaminada por los resabios adquiridos en la escuela ni por los dogmas mal aprendidos de memoria. Juzga sin prevenciones, humanamente, dando oídos al sentimiento, y acierta.
Más adelante, siendo ya un hombre, tiende la vista por el mundo y predice la formación de los cuatro grandes imperios caldeo, medopersa, griego y romano, y sus decadencias sucesivas; augura la venida del Mesías y las persecuciones de la iglesia, y en visiones magníficas acierta a entrever épocas doradas en que la humanidad, derrocando  las tiranías orientales,  adore la libertad y la practique y la erija en ley.
En sus visiones proféticas hay ese delicioso tono de confianza y de candor que caracteriza  a todos los grandes creyentes y a todos los grandes inventores. Daniel es un alma joven, y siempre, siempre, tras de sus palabras traducimos al niño, pues según el proverbio, los niños los niños son los que dicen las verdades. El espíritu de renovación que representa la idea cristiana, en las palabras de Daniel aparece con todo vigor.
Se encarna en este profeta el sentimiento de la eterna juventud, del espíritu, de su frescura inmarcesible.
Por eso la profecía de Daniel es letra muerta para las almas desecadas por el rutinarismo sectario.
San Juan Bautista
San Juan Bautista, en siriaco "laokanan" , es el precursor inmediato del Mesías, su grande amigo, el que, movido por la fe, creyó en Él y le consagró en las aguas del Jordán. Resumíanse en la figura y en las palabras del Bautista cuantos rasgos fundamentales había en  figura y palabras de los demás profetas.
El tiempo de San Juan Bautista marca ya la sazón en que las flores de la palabra van a dar de si los frutos del hecho de la Redención.
Tan áspero y enérgico cual los profetas en el fondo de sus censuras contra la corrupción de las costumbres populares y contra la hipocresía redomada de las familias sacerdotales que en Judea dominaban, ejerciendo una especie de caciquismo religioso, el Bautista fue verdaderamente temido por los hombres investidos del poder civil. Sus predicaciones fueron la pesadilla constante del tetrarca Herodes Antipas, hombre de turbada conciencia y de violentas pasiones, pero que por conservar su cargo se veía forzado a humillarse ante los procónsules y gobernadores romanos.
La humildad, la continencia, el ayuno, el amor a los pobres y todas las virtudes que trece siglos más tarde habían de dar perfume a la mística y delicada azucena de Asís, poseyólas primero que nadie el lirio silvestre de Judea.
Era un hombre sencillo, amante de la Naturaleza, de luengas barbas y ardientes ojos; peregrinaba por Palestina sin zurrón ni callado, malamente cubierto con una piel de camello. Seguíanle los desheredados y temblábanle  los ricos. Le amaban los sencillos de corazón y le odiaban los refinados sabihondos.
Sus palabras, como de hombre criado en la aspereza del campo, eran duras a los oídos de cortesanos afeminados y de mujercillas hechas al lujo.
Ni ellos ni ellas sabían ver el espíritu de caridad y amor al prójimo que tales frases dictaba.
Salomé
En páginas de oro engarzadas con las más ricas piedras preciosas del idioma francés, ha pintado la muerte del Bautista, el inmortal Gustavo Flaubert. En su relato hay la sencillez grandiosa del Evangelio y la riqueza y colorido de las visiones dantescas. Quien ha leído "Herodías" casi puede afirmar que estuvo presente a los sucesos allí descritos, y que vio correr la sangre del primer cristiano, vertida antes que el nombre mismo de cristiano se hubiese conocido y pronunciado.
Herodes Antipas, harto de los halagos de su orgullosa mujer Herodías o Jezabel, con quien está unido en lazos reprobables por su parentesco próximo, se encuentra en la fortaleza de Macherous a orillas del Mar Muerto.
En las más hondas mazmorras de la fortaleza se oye la voz terrible del Bautista que allí encerrado y oculto se hace oír, sin embargo, en el mundo entero, pues secretamente acuden de todas partes discípulos que le escuchan y que transmiten y difunden sus palabra proféticas.
Aquel hombre preso y aberrojado es, no obstante, la pesadilla del tetrarca, quien lucha el deseo de quitarle la vida y el miedo que las terribles palabras de Juan le infunde. Herodes, a quien tal vez no habría anonadado la dulzura de Jesucristo, se estremece de terror antes la fogosa energía varonil del precursor.
Sobrevive el procónsul Aulo Vitelio, representante del imperio Romano. Herodes y Herodías obsequian a su amo con un festín magnífico, y la maldita mujer, cuyos pecados el Bautista escarneciera, cien veces, hace que su hija Salomé arrebate el poco seso que a Antipas le queda, bailando una danza oriental de bacante egipcia o de almea indostánica. Terminada la danza, el loco Herodes ofrece a Salomé como galardón de su habilidad la cabeza del Bautista.
Las últimas palabras del sacrificado predicen la ruina de Herodes y la de todos los judíos: palabras que la historia se encargó de confirmar.
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CRISTO
Segunda parte que contiene la vida del Redentor, y singularmente su Pasión y Muerte. Los dibujos y orlas de estas ocho planas son imitaciones de grabados en madera; estilo Alberto Durero. hábilmente trazadas por Varela y reproducidas en tricomía.
El Sermón de la Montaña
En el Sermón de la Montaña se contiene todo lo más sustancial de la doctrina de Jesucristo.
En él están las bienaventuranzas, que enseñan al cristiano lo que debe esperar y consuelan las aflicciones lastimada.perennes de la humanidad lastimada. En él está el Padre Nuestro; esto es, lo que se debe pedir a Dios cotidianamente. En él los mandamientos de la Ley antigua, confirmados y comentados con espíritu nuevo por el Hijo del hombre; es decir, lo que se debe de hacer en la vida.
Pero aún esto, con ser tanto, es poco. Lo que en el Sermón de la Montaña resplandece con más viva luz es lo que la Ley Antigua no había enseñado, lo que de propósito habían obscurecido los fariseos hipócritas: el principio del amor universal, abrasando todas las almas, la fraternidad humana, basada en la caridad mutua, y la justicia inmanente en la conciencia de cada hombre.
Flevit Super Illam
"Y cuando llegó cerca de Jerusalén, al ver la ciudad, lloró sobre ella".
Este llanto que Jesucristo derramó al contemplar la ingrata ciudad que había de sacrificarle, es lo que más nos hace sentir y comprender la doble misión, divina y humana del Redentor.
Estas lágrimas son las que diferencian al verdadero Dios de los falsos. Brahma no lloró, Budha no lloró, Zaratustra y Zeus y todos los Dioses del paganismo griego no lloraron. Eternamente satisfecho con su omnipotencia Brahma y Zeus como dioses, y con su sabiduría Sakya Muni y Zoroastro como profetas, no tenían por que llorar. Pero Jesucristo, el hijo de Dios, por ser, a más de Dios, hombre, sintió en su corazón el peso de todos los dolores que a la humanidad afligían, e inflamado en amor, lamento la ruina y la destrucción de la ciudad deicida y de sus ciegos habitantes.
"Lloró sobre ella" dice con poética frase San Lucas, y al llorar demostró ser la verdad única y más sublime: Dios hecho hombre.
Domingo de Ramos
No en carro de fuego ni envuelto en nubes, anunciado por el fragor del trueno, e iluminado por el resplandor de los relámpagos, aparece el Justo el día de su triunfo mayor. Su grandeza la lleva en sí mismo, el trueno en la persuasión que de su dulce hablar mana, el relámpago en su idea luminosa.
No le es menester aparato exterior, por que la humildad y la pobreza son sus mejores vestiduras. Ni quiere elevarse más de un palmo por cima de la sencilla muchedumbre que le sigue y le aclama y tapiza su camino de mantos y flores, de palmas y de ramos.
Jesucristo entra en Jerusalén cabalgando en la bestezuela humilde que da a todos los animales, y aun al hombre mismo, ejemplo constante de paciencia y de sufrimiento: en el valiente compañero del trabajador del campo. Con esto confirma una vez más que los pobres de espíritu o de naturaleza son y serán los preferidos del Señor. El pueblo grita entusiasmado: "Hosanna al hijo de David" y Jesucristo sonríe con la dulce sonrisa de los puros de corazón.
La Cena
El misterio de la Eucaristía, establecido en la Cena del Señor, por Él mismo declarado, comentado por tantos teólogos y cantado por tantos poetas, es sin duda, el mejor argumento de que el Cristianismo no es, como dicen ahora, la religión de la muerte, sino antes bien, la religión de la vida.
No se limita el divino Redentor en la cena a hacer lo que Platón en el "Banquete". Platón aprovecha al tener a los discípulos reunidos en torno a la mesa, para exponer sus ideas fundamentales. Jesucristo hace mucho más, puesto que se ofrece él mismo, entregando a la Humanidad su cuerpo y su sangre.
Jesucristo que sabe su fin cercano y que, en cuanto hombre, siente su ánimo hondamente afligido, no quiere dejar de cumplir con el precepto de las Pascuas, y sabiendo que aquella es la última ocasión en que ha de hallarse reunido con todos sus discípulos, la aprovecha para prodigarles las más conmovedoras muestras de su ternura paternal.
Alegre y sereno, parte el pan y les invita a que coman de él, dejándoles traslucir la parte misteriosa de esta ceremonia. El pan de la cena está hecho de aquel trigo cuyos granos mueren -según les había dicho el día anterior- por que el grano que no muere queda sepultado en la tierra sin dar fruto, mientras el grano que perece y se hincha en el surco da luego de si florecientes macollas de espigas doradas.
Con beata satisfacción les ofrece después el vino, hecho de las uvas del viñador cuidadosos, el vino, que es robustez y salud, por que es fruto del trabajo.
No hay en el convite ni una sombra de tristeza. El jovencillo Juan apoya tiernamente la cabeza en el hombro del Maestro; Pedro y Felipe departen tranquilamente con él.
De pronto creen notar que ligera nubecilla empaña la límpida frente del Justo, y como no les oculta nada, no puede menos de exclamar con acento melancólico, pero sin acritud ni reconvención "En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará".
Pedro entonces dice a Juan por señas, que pregunte al Maestro quién ha de ser el traidor. Juan lo hace y Jesucristo le indica a Judas Iscariote.
El traidor huye avergonzado. Con el se va la tristeza y prosigue Jesucristo con augusta calma predicando la igualdad humana: "En verdad, en verdad os digo que el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mejor que  quien lo envía"; y luego añade ": "Yo soy el camino, la verdad y la vida.......".  
El Prendimiento
Después de la Cena, bien entrada ya la noche, Jesús y sus discípulos se encaminan al huerto de Getsemaní, en el monte de los olivos.
Los apóstoles, hombres al cabo, no tardan mucho en rendirse al cansancio y al sueño. Solo el Maestro vela, y su alma va poco a poco ensombreciéndose y contristándose, porque también es hombre, aún cuando sea Dios.
De repente, al otro lado del arroyuelo de Hebrón se ve llagar un tropel de gentes con antorchas, cuyo reflejo hace brillar los cascos y los petos escamosos de los soldados del procurador romano. De mala gana acompañan éstos a Judas y a los agentes o sayones de Caifás.  
Al ruido de las armas y a la luz de los hachones se despiertan los discípulos y reconocen a Judas, que se dirige al Maestro y le besa. La cohorte se abalanza a Jesús, y Pedro, no pudiendo contenerse, mete mano a la espada y hiere a un siervo de Caifás. Jesús apacigua a Pedro y se entrega al tribuno sin réplica.
Ecce Homo
El procurador Poncio Pilato, un romano escéptico y harto de la hipocresía redomada de los pontífices y sacerdotes judíos, recibe al preso a quien Anás y Caifás han declarado reo de muerte. A pesar de su incredulidad no acierta a ver Pilato el motivo que hay para prender y condenara Jesús; le interroga, y de sus palabras dulces, pero firmes, nada malo deduce. Sospecha alguna maligna intriga de los fariseos y les invita a indultar a Jesús por ser fiesta pascual. Llamados decidir el perdón de uno de los dos reos, aquellos malvados prefieren el indulto de Barrabás. Pilato, sin saber que hacer, entrega al Redentor en manos de la soldadesca romana, incapaz de comprender el odio de teólogos y dogmáticos, pero gustosa de burlarse fieramente de un pobre judío que responde a los insultos con palabras amorosas y que no profiere queja alguna.
Coronado de espinas, azotado y sangriento, le muestra Pilato a la feroz muchedumbre: "He aquí el Hombre".
Y el Hombre calla, y nadie entiende su silencio.
El Calvario
Sólo el Dios verdadero supo llorar como hombre: sólo el Dios verdadero, como hombre supo morir en la Cruz entre otros dos hombres perversos, por que muchas veces había dicho y particularmente en la parábola de las bodas, que él hablaba a todos y se consagraba a todos y a todos amaba, a los buenos y a los malos, y nada más lejos de su mente que el rechazar con reproches violentos a los que se apartaban de Él o le negaban o le desconocían.
Ya en la Cruz no profirió una queja por la monstruosa injusticia que se estaba perpetrando; ni invocó a su Padre para que  hiciese bajar fuego del cielo sobre los que le asesinaban, ni si quiera proclamó enemigos suyos a los que en tan afrentoso patíbulo le habían puesto. Perdonó a los que no sabían lo que hacían, y después de perdonarlos, amorosamente murió.
¡Ejemplo sublime para los que jamás tienen una palabra de perdón y siguen viviendo!.
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LOS APÓSTOLES
Por último, la tercera parte se refiere a la predicación y propagación del Cristianismo por los apóstoles, evangelistas y mártires primitivos. Estas escenas han sido interpretadas por Méndez Bringa.
San Mateo
El eco de las palabras de Jesucristo, resuenan mejor que en ninguna otra obra escrita, en el Evangelio de Mateo el publicano, el primero de todos. Cuanto en este Evangelio se refiere directamente a dichos o hechos personales del Redentor, parece escrito en los mismos días en que los hechos ocurrieron.
Y sin duda así fue. Mateo, habituado por su oficio de publicano o cobrador de contribuciones a la más escrupulosa puntualidad, tomaría nota a diariamente de cuanto  le parecía más digno de conservarse, en la vida del Redentor, y de aquí la belleza de las parábolas, la claridad de las sentencias, el resplandor divino que alumbra el escrito de Mateo, con todo de ser éste un historiador minucioso, más bien que un pintor como Lucas, un lógico cual Marcos o un poeta o filósofo del vuelo de Juan.
La narración de Mateo habla, palpita, a veces arde, a veces sangra; la música dulcísima de las parábolas evangélicas aparece reproducida en ella con transparencia singular.
Con la pluma hizo Mateo la más sólida obra del apóstol: lo que los otros apóstoles hicieron con su palabra y con su sangre.
El Apocalipsis
El Apocalipsis o visión poética del apóstol Juan, desterrado en la isla de Patmos, es libro escrito para herir la fantasía de los hombres, mostrándoles, inundado de luz profética, el oscuro porvenir. Al principio de la visión, con palabras llenas de grandiosa poesía, describe Juan el trono del cielo, en el cual vio "uno sentado" que parecía hecho de piedra jaspe y de sardónica, y en torno de él un círculo o nimbo como de esmeralda. Alrededor veinticuatro ancianos de luenguísimas barbas blancas como sus vestes, tocados con coronas de oro. Ante el trono ardían siete lámparas y se veían cuatro animales llenos de ojos: león, becerro, águila y hombre o casi hombre, cada uno de ellos con seis alas, Y éstos alababan a Dios entre el fragor de los truenos, insólitos ruidos y voces ensordecedoras. En la mano derecha tenía el que estaba sentado un libro cerrado con siete sellos, que nadie tenía fuerzas para abrir. Más sobrevino un cordero que con su tierna manecita abrió el libro misteriosos, y los ancianos se postraron, y los cánticos angelicales resonaron y todas las criaturas se estremecieron de gozo ante el Cordero divino. Este es el comienzo de la visión de Juan, el apóstol poeta.
San Juan al pie de la Cruz
Juan hermano menor de Santiago, e hijo del Zebedeo y de la piadosa María Salomé, es, si no el primer discípulo de Jesucristo, sí el amado con mayor ternura.
Los Evangelios dan a entender que Juan era casi un niño cuando se decidió a seguir al Maestro, y no más que un mozuelo cuando Jesucristo fue crucificado.
"Mujer ahí tienes a tu hijo", exclamó el Señor viendo al pie de la Cruz a su Madre y al jovenzuelo Juan, Y al pronunciar tales palabras, con dulcísima efusión, simbolizaba el Salvador en Juan a la humanidad joven, inocente y capaz de todos los entusiasmos y de todos los sacrificios. El que había amado y buscado con preferencia la compañía de los niños, la alegre expansión de sus almas cándidas, no podía menos de confiar en la juventud, en l eficacia de sus arranques y en el valor de su sangre inquieta.
Con sus ojos divinos vio el Redentor en la juventud de Juan, lo que éste había de ser en su larguísima existencia: el gran poeta de la propaganda cristiana, así como San Pablo fue el gran orador.
San Pedro en Roma
Muerto Jesucristo, el príncipe de los apóstoles no se detiene en los confines de Palestina. Las solemnes palabras del Salvador, le han constituido en cabeza de la Iglesia y el que fue pobre pescador del lago Ciberiades no vacila. Su alma humilde se engrandece y magnifica, su palabra torpe se llena de elocuencia maravillosa, su flaca voluntad llega a adquirir indomable temple. Dirígese resuelto a la cabeza del imperio romano, y por el poder de su palabra y de su fe acomete y realiza la conquista más grande que los siglos vieron.
El pueblo que fue rey, ya reducido a la más baja condición por la tiranía imperial, sorbe con ansias las palabras del Apóstol que le habla de libertad y espiritualidad del alma; esclavos y libertos, obreros infelices, muchachos inocentes y cándidas doncellas, acuden por millares a las misteriosas Catacumbas a recibir el pan de la idea bendita de la mano del que trae en sus labios la palabra de salvación.
Cada día, cada mes, cada año que pasa realiza Pedro nuevas conquistas; bajo los cimientos materiales de la Ciudad Eterna comienza el pescador de almas a construir los cimientos morales de la Roma futura.
Los Cristianos en las Catacumbas
Durante siglos enteros, el esplendoroso y omnipotente imperio romano apoya sus pies sobre un volcán.
Debajo del escepticismo propio de todas las decadencias, y que en la Ciudad Eterna domina a todos, desde el emperador hasta el último reciario del Circo, empieza a arder la hoguera de la fe, cuyo incendio va comunicándose con rapidez increíble. En todos los sentidos puede decirse que la revolución nacida y desarrollada en la Catacumbas es de las más temibles y pavorosa; es una revolución hecha desde abajo por los que, ansiando la luz del nuevo día, se ven obligados a esconderse bajo tierra, a disimular su condición, y a valerse de símbolos y jeroglíficos para comunicarse entre sí los asuntos más interesantes.
No es posible ni aun imaginar en estos tiempos la extraña y misteriosa solemnidad de los ritos primitivos celebrados en la subterránea Necrópolis romana; no es posible calcular la emoción profundísima que en las almas cándidas e inocentes de los primeros cristianos causaría el recibir la sagrada comunión de manos de Pedro o de Pablo, quienes de Jesús mismo la recibieran.
San Esteban
El primer mártir del Cristianismo fue Esteban, un diácono joven que en sus arengas al pueblo, apiñado por calles y plazas, condenaban con toda la energía juvenil de su alma pura la hipócrita y aviesa conducta de fariseos y saduceos, y atacaba con santo furor a la oligarquía sacerdotal.
En aquel pueblo decadente y corrompido quedaban, por fortuna, hombres que se indignasen, dedos que señalasen a los causantes de la gran desdicha, lenguas que protestasen  contra la indiferente pasividad de unos y contra la solapada artería de otros. De estos hombres, preciosos en ocasiones tales, era Esteban el diácono. En su alma habían quedado impresos los horrores de la Pasión del Salvador, y con acentos de ira salpicaba sobre las frentes de los malvados la derramada sangre de Jesús.
Naturalmente le persiguieron, conduciéndole al Sanhedrin  y algunos fariseos fingieron dispensarle la honra de discutir con él. No bien pronunció palabras francas que hirieron los oídos farisaicos, fue arrastrado lejos de la ciudad y entregado al populacho vil, que siempre siente necesidad de apedrear a alguien.
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Este número extraordinario que publicó la Revista Blanco y Negro, y que creo que está inédito en la red; se vendió en toda España el Jueves Santo del año 1902. 
En la cubierta se destaca en relieve una magnífica composición del laureado y eminente artista D. Agustín Querol, titulada:
MATER DOLOROSA.
Las veintiocho páginas que constituyen el número están tiradas con caracteres elzevirianos arcaicos, en magnífico papel estucado.
Además, en este número se incluyen las tarjetas números 3 y 4 de la Colección A de Postales de "Blanco y Negro:" Paisajes Andaluces.
El precio del número incluidas las dos tarjetas, que debían de exigir los compradores, era de
50 céntimos
A sus corresponsales y vendedores.
40 céntimos.

sábado, 14 de marzo de 2015

Fotos antiguas de Minas de Ríotinto, Valverde del Camino y Nerva, (Huelva)



Minas de Riotinto
Los más notables criadero metalíferos que aparecen en el sistema carbonífero de la comarca, afloran entre el Tinto y el Odiel.
Las de Riotinto pertenecieron al Estado hasta en año 1873, en que se hizo cargo de ellas la razón social "The Rio-Tinto Company Limited", habiendo adquirido desde entonces su explotación un portentoso desarrollo.
Se establecieron poderosos medios de laboreo y transporte, de tal suerte, que la producción en 1910 excedía de un millón de toneladas anuales de mineral, beneficiándose el de baja ley en la localidad y exportando a Inglaterra la parte más rica.
En las minas de Riotinto se encuentran cinco importantes criaderos; dos de ellos al Sur y los otros tres al Norte. Los dos criaderos del Sur, o sea los de "San Dionisio" y de "Nerva", aparecen entre los riscos de Majaencina y el cerro de Quebrantahuesos,  mientra que los tres del Norte radican en los cerros de Salomón y Colorado. El de la "Cueva del Lago" es el más septentrional, extendiéndose hasta el hoyo de Valtimones. El de "Salomón" abarca el cerro de este mismo nombre; y es el más occidental en la falda del cerro denominado Retamar, es conocido con el nombre del Balcón del Moro.
Para el tráfico que originan las explotaciones minera de que acabamos de hacer mención, se han construido diversas líneas de ferrocarril de vía estrecha; figurando entre las de "The Riotinto Company", la de Minas de Riotinto a Huelva, con un recorrido de 83 kilómetros; la de Riotinto a Zalamea la Real, de 9,474 kilómetros, y la de Riotinto (estación) a Nerva, que tiene 1,954 metros.
La Marismilla.
Pantano artificial, construido por la Compañía que explota aquella zona minera.
Extracción del Mineral.
Desde las cortas practicadas parten diferentes líneas para la conducción del mineral extraído.
Barrio de los Ingleses.
Este característico caserío, conocido también por Bellavista, se halla destinado a habitación de los empleados en los trabajos mineros. 
Fábrica de Ácido Sulfúrico.
En sitio apartado fue emplazado el edificio que representa el adjunto grabado, destinado a la fabricación de ácido sulfúrico.
Vista de la población.
Localidad de mundial renombre, debido a los grandes criaderos cobrizos existente en su término y cuya explotaciones llegan hasta la misma localidad.
La Fundición.
Vista interior de una de las secciones con los aparatos a punto de recibir el mineral que ha de fundirse.
Una excavadora.
Interesante aspecto que presenta la corta filón de San Dionisio, maniobrando las excavadoras en la extracción del mineral.
Hospital de la Compañía.
Entre las varias edificaciones levantadas por la compañía minera, figura este hospital, destinado a los enfermos empleados en la misma.
Fundición Bessemer.
La importancia de esta fundición queda evidenciada por la vista general que de aquel establecimiento y dependencias que reproducimos en esta fotografía.
La Trituradora.
Extraído el mineral, es conducido al departamento que representa el adjunto grabado para ponerlo en condiciones de fundirlo.

Valverde del Camino
Villa con 7675 habitantes, según el censo oficial de 1910, capital del partido de su nombre, situada en uno de los valles inferiores de aquella jurisdicción, por donde cruza el ferrocarril de Buitrón a San Juan del Puerto y carretera de esta población a Cáceres. Es población relativamente moderna, debiendo su actual desarrollo a las grandes explotaciones mineras de aquella comarca, prosperidad que se deja sentir también en otras localidades del mismo partido. Tiene como agregados las casas de labor Campanario, Corte-Elvira y el Cuervo, así como las minas "La Reacción".
Vista general.
Villa, cabeza de partido judicial, situada en un valle cruzado por el ferrocarril que se dirige a San Juan del Puerto y carretera de ésta a Cáceres.
Las Cuatro Casas.
Se cree que ocupa el lugar de las primeras edificaciones de la localidad cuando ésta no había adquirido la importancia que tiene actualmente.
La Virgen del Reposo.
Recibe culto esta venerada imagen de la Patrona de Valverde, en el altar mayor de la parroquia.
El Campanario.
Es de planta cuadrangular, con pilastras pareadas en su parte superior, coronado por su agudo chapitel.
Interior de la Parroquia.
No ofrece detalles artísticos apreciables ni estilo arquitectónico determinado en su interior.

Nerva
La villa de Nerva con sus agregados caseríos de la Peña del Hierro y Chaparrita, más la aldea El Ventoso, suman una población de 16087 habitantes, según el censo oficial de 1910.
Vista general.
Está emplazada esta villa a poca distancia de Ríotinto, en las vertiente de la sierra del Padre Caro, que se destaca en el fondo.