domingo, 20 de agosto de 2017

Playa de Matalascañas (Huelva)

La primitiva Playa de Matalascañas.
A legua y media del Palacio que posee el duque de Tarifa en el Coto de Doñana, a seis de Villamanrique de la Condesa, a cinco de Sanlúcar de Barrameda y a poco más de dos leguas de Almonte, existía una playa, de muy pocos conocida, pero muy interesante por su posición y originalidad.
A ella se llegaba por inmenso y dilatados desiertos de arenales, y por ignorados caminos, pues los que un día se abrieron por el arenal el viento los borró en la noche.
Se caminaba en carros, carretas y sobre cabalgaduras, y, si se quisiera, mejor en aeroplano, pues ni el coche ni el automóvil pueden rodar sobre arenas tan sueltas y movedizas.
A los veraneantes acompañaban sus ropas y muebles, y también las viandas para toda la temporada. De cuando en cuando se mataba un novillo y se repartía la carne como pan bendito, como también se cazaba y se pescaba.
Se abastecían de agua en grandes tinas traídas, tras legua y legua, del pueblo más cercano.
Las chozas de los veraneantes.
No había edificaciones, así que cuando se acercaba la temporada de baños, unos industriales labraban largas chozas, como túneles, con matas forrajeras y cañas, y de ahí el nombre de "Matalascañas" que recibe el lugar.
Los veraneantes alquilaban trozos, por varas, a diez y doce pesetas, separando sus viviendas con cañizos y cortinas. También ponían techumbre de lona delante de las puertas, adquiriendo el poblado el aspecto de alcaicerías morunas.
Para distinguirse, los más ricos labraban aparte sus chozas-palacios, así como también con forraje se levantaba el casino, donde por la siesta y la noche, solían reunirse en tertulia, las gentes más civilizadas.
En el año anterior a estas imágenes -año 1922-, llegaron a edificarse unas doscientas ochenta chozas, que ocuparon más de mil quinientos veraneantes.
Retiradas de las viviendas se labraban las cocinas, también con cañas y maleza, siendo harto frecuente, que se les prendiera fuego algunas.
En cuanto en algunas de ellas se iniciaba el incendio, todos los veraneantes acudían a apagarlo, constituyendo el servicio un espectáculo y una diversión.
Empujando la lancha hacia el mar.
Se intentaba por todos a que la vida en playa fuera lo menos aburrida posible, ideándose mil diversiones y entretenimientos, empezando por las mañanas, yendo a coger coquinas, que luego se guisaban y se servían en "tapas", para el vino que se tomaba como aperitivo antes de comer.
Se organizaban pescas y cacerías, capeas de novillos y bailes sin descanso, y todo ello amenizado con numerosas chanzas, cuchufletas y bromas que a nadie enfadaban y a todos regocijaban.
Por la noches, a la luz de la luna, en el silencio de la marisma y en el blando murmullo del mar, el baile era una bendición. Todos cantaban y palmoteaban ; todos bailaban saltando, que era un primor.
Una barbería en la playa.
A la llegada de un marido, para visitar a su esposa y a ver como andaban de salud los chiquillos, todos los vecinos se ponían en movimiento, recibiendo al pobre padre de familia con una estridente y escandalosa cencerrada. Durante un buen rato no se descansaba en el golpear de cacerolas, almireces y latas, y de tocar las enormes caracolas que producían un ruido ensordecedor.
Tras el largo caminar sobre los arenales, molido el cuerpo y fastidiado el ánimo, el infeliz padrazo, tenía un tan alborotado recibimiento, como para volverse loco, pero todo ello constituía para los desocupados veraneantes uno de los más divertidos episodios.
Entre los colonos solían encontrarse las personas más principales de los pueblos del condado, y mucha gente importante de Sevilla.
Sacando el copo.
Veraneaban también algún que otro médico, llevando su correspondiente botiquín, y eso hacia, que no se careciera de tan necesarios servicios científicos.
Por último, a los que morían lo enterraban en unos montículos de arena, que solían ver a lo lejos, señaladas con cruces sus sepulturas; pero el viento movió la arena y enterró también las cruces. así que en los años sucesivos no se pudo saber ciertamente, donde descansaban las cenizas, de los pobres que murieron.
Y esta era la playa, y así se vivía en "Matalascañas", entre el mar y la marisma, y a leguas y leguas de poblados, riendo, cantando y bailando, en un pasar del tiempo tan breve, como divertido.

jueves, 10 de agosto de 2017

Fotos antiguas de Torremolinos (Málaga)


Torremolinos (Málaga)
Torremolinos, a principios de los años veinte era casi un desconocido pueblecito, una verdadera colonia veraniega, ya unida a la capital y dotada de todas las exigencias gratas a la estética, y al confort moderno.
Torremolinos, en el año 1927 ya podía decirse, que era otra Caleta malagueña, que rivalizaba con otros pueblos de la costa en belleza de perspectivas y en la armonía y comodidad de sus edificaciones.
Don Antonio Girón, inteligente contratista de obras, a cuyos trabajos e iniciativas se debe, la transformación de Torremolinos.
De este rápido progreso -en apenas cuatro años-, fue promotor principal un malagueño entusiasta, el contratista de obras, don Antonio Girón, que en tan corto tiempo levantó calles enteras de hermosos hotelitos, que formaban ya una verdadera barriada aristocrática.
Grupo de hoteles en la calle de Girón, centro de la colonia forastera.
Lo que en tan poco tiempo era un pueblecito costeño de pescadores y labriegos, iba camino de convertirse rápidamente, en la playa de Andalucía.
Pintoresca vista de la nueva barriada de Torremolinos, construida en la carretera de Málaga a Cádiz.
La playa de Torremolinos, y a la izquierda, uno de los hoteles de reciente construcción.
La abundancia y bondad de sus manantiales, la templanza inalterable del clima, su pintoresca situación ante el Mediterráneo; la facilidad y rapidez de las comunicaciones, hacía de Torremolinos un lugar de excepción, y justificaba los propósitos del Ayuntamiento de Málaga, de hacer del pueblo, ya unido a la capital, la máxima atracción de la temporada veraniega en Andalucía y fuera de ella, capaz de rivalizar en belleza, en comodidades y concurrencia, con las más famosas playas norteñas.
Una casa de la calle de Girón.
Uno de los quioscos de la "Casa del Inglés", finca construida sobre un grupo de rocas, que avanzan sobre el mar.
A petición del pueblo, el Gobierno concedió la Medalla de Bronce del Trabajo a don Antonio Girón Girón, maestro de obras que en Torremolinos, supo construir una barriada moderna, espléndinda muestra del esfuerzo del hombre sobre el gran escenario brindado por la Naturaleza. En honor de este maestro de obras se celebraron varios actos de homenaje, rebosantes de cordialidad. Entre ellos, en Torremolinos un banquete, en que el alcalde de Málaga, general Cano, impuso al homenajeado la Medalla concedida a sus méritos de trabajador.
Pintoresca vista de "El Bajondillo", rincón del viejo Torremolinos.
Antes, la expansión urbana de Málaga se dirigía hacia la zona oriental de la Caleta, del Pedregalejo, del Valle de los Galanes, del Palo, del que que dijo el saladísimos autor cómico Vital Aza que en Málaga, hasta ir al palo (sinónimo popular de la horca) era un viaje de placer. La facilidad de comunicaciones por tranvía, justificaban esa expansión, pero la zona occidental de Málaga no desmerecía en nada de la oriental, por la belleza de los paisajes. El establecimiento de los ferrocarriles suburbanos que pusieron en comunicación con la capital, a importantes pueblos de la provincia, y entre ellos el vecino inmediato de Torremolinos, abrieron con la facilidad de las comunicaciones, el inicio de la expansión urbana hacia Occidente, y con ello el periodo de prosperidad de la localidad con tan poético nombre denominada.
La calle de San Miguel, y al fondo la magnífica finca de Barrabino.
 Antigua plaza de la Constitución, hoy plaza Costa del Sol, y calle San Miguel.
En el año 1929 el ilustre y benemérito doctor Lazárraga, inauguró un Sanatorio Marítimo, el segundo que se erigió en España, y donde las auras marinas, de consuno con los aíres sanos de las inmediatas sierras, sirven de confortante a la salud y al ánimo.
Por eso fue Torremolinos lugar elegido para ser de asiento, a las colonias escolares, que en las vacaciones estivales se derramaban por la playa, donde la arena servía de pretexto a incipientes arquitectos para trazar sus primeros ensayos constructivos.
La colonia escolar madrileña que, aprovechando la benignidad del clima malagueño, visitaron Torremolinos, bajo la dirección de la ilustre profesora, doña María Quintana, recorriendo el mapa de España, en relieve, de la Escuela jardín, de Torremolinos,
Modernos hotelitos se alzan entre el mar y la vía férrea, en uno de los sitios más admirables de la costa, y debido al esfuerzo meritísimo de D. Antonio Girón.
Pero lo que ocurre con la población de Torremolinos a veces, es lo que acaece en la vida con las personas. Dos personas se conocen, se gustan y simpatizan, y acaban amistándose perdurablemente.
Un viajero más o menos aburrido, visita una localidad, se enamora de ella, y acaba avecindándose en ella.
Y así va aumentándose el censo de población de Torremolinos, por que la mayor parte de sus visitantes, acaban enamorándose  de las  bellezas de tan lindo pueblo malacitano.
Un antiguo caserío blanco y humilde de pescadores, que se asienta a lo largo del mar Mediterráneo.
Caprichoso parque de una residencia señorial.
Pérgola sobre el mar.