martes, 31 de marzo de 2020

Las " Saetas", en Sevilla.

La "Saeta", en la Semana Santa sevillana.
Contaba en 1929,  el escritor y afamado periodista, don Julio Romano, seudónimo de Hipólito de la Peña, que la máxima autoridad eclesiástica sevillana prohibía ese año que los cantadores profesionales lanzaran "saetas" al paso de las imágenes los días de Semana Santa. Quería el prelado sevillano que no se inmiscuyera en el fervor cristiano de la muchedumbre, los que tenían siempre abierto el ojo para actos de teatralidad callejera, o buscaban todos los instantes propicios para especular en la emoción colectiva, con propósitos de lucro.
Una "saeta" al paso de la Virgen.
Porque esos torneos líricos que surgían al paso de las procesiones sevillanas, más que ofrenda y dádiva de creyentes, eran en su mayoría, plataformas para destacar personalidades de cantadores que vegetaban en el ostracismo. El artista callejero requería para si, la atención popular removiendo con su copla, todo el poso estético que duerme en el alma de las muchedumbres andaluzas, y la multitud perdía su unción religiosa para buscar con su mirada y con su aplauso, al autor de la "saeta", y el nombre del cantador iba de boca en boca, con un comentario aprobatorio y de exaltación.
Otras veces, era la competencia que surgía entre dos "ases" del cante, que se lanzaban coplas, teniendo por jurado al pueblo, que olvidaba momentáneamente las fuentes de inspiración de los copleros, preocupado en juzgar las bellezas del cante, el ritmo y los incidentes pintorescos de la lucha.
Y la voz de los maestros hacía esconderse a la del pueblo -más desgarbada y descosida-; pero de más hondura emocional, ingenuidad y profundo desinterés.
El vaso del creyente rebosa de amor, que se transforma en gemidos y gestos que se ofrendan a la cosa amada. La voz del pueblo, rezumante de sinceridad, es siempre bella, aunque no esté sujeta a ningún canon artístico, ya que todo el garbo, finura, delicadeza y cuidado del profesional, cae roto por el torrente ingenuo y candoroso del espontáneo, que necesita, por la imperiosa necesidad de su naturaleza, rendir a Dios su tributo.
Una "saeta" cantada desde un balcón.
 El alma popular gime, llora y se debate en su angustia milenaria bajo la cadencia dolorida de la "saeta". El rebaño humano mordido por las dolorosas abstenciones empujado por todas las necesidades, acosado por las cultas, aplastado en el duro yunque del dolor inacabable, vuelve los ojos a sus imágenes predilectas, y pone el temblor de una lágrima en su corazón; y surge la "saeta", que es grito de sumisión, reconocimiento de nuestra pequeñez, necesidad de amparo, petición de un cobijo espiritual que sirva de refugio a nuestra alma, que se repliega al verse frustrada en sus esperanzas y deseos. La "saeta significa el "derrotismo" espiritual, el sedimento catastrófico que existe en nuestra alma al contrastar que la vida no nos cumple sus promesas de felicidad y ventura. Pero si es todo eso, también posee cualidades divinas al hacernos volar en la exaltación lírica hacia los cielo inmarcesibles. Cuando la "saeta" emerge de los labios puros del pueblo, la copla adquiere su máxima categoría religiosa. Ella vuela, como abeja de oro, por cima de la multitud, de cuyos pensamientos y angustias es una concreción. Del bloque humano ha surgido la palabra de fuego que ha tocado en los corazones creyentes. Un vejezuelo, una chavalilla, o una mujeruca, se destaca de la multitud y lanza sobre las sagradas efigies la emoción de una copla. Las palabras salen cobardes, trémulas y remisas; pero tan repletas de verdad y de sinceridad, que caen como lluvia gloriosa sobre los palios. Y un rumor de aprobación pasa como suave y tibia brisa, por el jabardillo humano. Los cantores anónimos de "saetas" no cantan -como los profesionales- sus coplas a Dios, para recibir la aprobación de las gentes. Pensar en el pago mientras se trabaja, es envilecer el oficio, y creyente ingenuo no busca a la divinidad como intermediaria entre las criaturas, para sus ambiciones y apetitos.
Un mocito canta una "saeta", apoyado por sus amigos.
El espíritu vivo, dinámico, del pueblo andaluz busca estos portillos por donde derramarse; necesita las descargas emocionales de las coplas para poder caminar por el mundo, sin estar abocado a su peligroso estallido. Este medio de expresión, tan intenso y tan fuerte, priva al alma andaluza de los residuos de emoción que va dejando en ella esta tarea del vivir. Y como ocurre siempre en todos los amores, la misma pasión va descubriendo escondidos tesoros en el sujeto apasionado. Un día se canta por amor a la Divinidad, y la aprobación mundana -que hiñe todas las cosas con un fin utilitario-, destaca al cantaor anónimo, recorta su personalidad sobre la multitud, y lo eleva. Y el individuo rebaja su función, convirtiéndose en un profesional. Es decir, en una persona que ensaya sus aptitudes ejecutando con propósitos de lucro en la emoción colectiva.

viernes, 20 de marzo de 2020

Fotos antiguas de Lucena y Encinas Reales (Córdoba)


Lucena (Córdoba)
Lucena es cabeza del partido de su nombre, en la provincia y diócesis de Córdoba.
Su población era de 21.029 habitantes según el censo oficial de 1910, comprendiéndose en ella la aldea de Jauja y el caserío de Navas del Cepillar.
La población se halla en una hermosa llanura declinada hacia el Sur, por cuyo lado la resguarda de los vientos el cerro del Hacho y la sierra de Araceli, que recibió este nombre por haber visto en ella, sus naturales, porción de aras o altares entre las ruinas del templo de los romanos, según el señor Madoz. En su cumbre más alta y sitio donde estuvo la atalaya para observar las avenidas de los moros de Granada, se halla edificado en santuario de la Virgen , dominando un panorama extensísimo sobre las provincias de Córdoba, Málaga, Granada y Sevilla, con mas de treinta poblaciones. En el santuario es donde se venera la imagen de la patrona de Lucena, antiquísima escultura traída de Roma en 1566.
En la partida de las Navas tiene los baños de Orcajo, en donde existió un estanque de construcción romana. El terreno es cultivable; manan en él varias fuentes y arroyos (como Las Pilas y El Moro). Participa el término de llano y monte, cultivándose parte en regadío y su mayor extensión en secano.
Las principales producciones consistían en vino, aceite y cereales. Había en esa época caza y ganadería. La principal industria era la velonoría, que de antiguo tiene fama, por sus numerosas fábricas, que exportaban a varias naciones de Europa y América. Además se fabricaba alfarería y loza. Había también mercado semanal y ferias anuales.
La población es extensa, con hermosas calles aceradas y empedradas. Su alumbrado es eléctrico y tenía dos paseos y varias fuentes públicas.
En esta ciudad hubo fundaciones monacales, de Dominicos (1576), Franciscanos (1696), San Juan de Dios (1565), Mínimos (1710), Carmelitas descalzos (1690), Alcantarinos (1713), y monjas agustinas, carmelitas, franciscanas, dominicas y otras.
Por las inmediaciones de la ciudad pasa el riachuelo de Cascajar (nacido en sierras de Priego); el arroyo Gaena y otros, riegan también el término de Lucena.
Entre los hijos ilustres de Lucena merecen citarse a don Diego Fernández de Córdoba ( que apresó al rey Boabdil); al capitán general don Martín Alvarez de Sotomayor y a los publicistas don Pedro Antonio Folch de Cardona y don Luis de Baraona Soto.
Ayuntamiento. 1916.
En la misma plaza de Alfonso XII y frente a la parroquial iglesia de San Mateo, ofrece su amplia fachada la Casa de la Ciudad, habilitando los claustros de antiguo edificio.
El Mercado. 1916.
Se celebraba todos los sábados, por antigua concesión real, y revisten importancia sus transacciones mercantiles.
Palacio del Duque de Medinaceli. 1916.
Data de los tiempos feudales su primitiva edificación, que es de piedra sillares. En tiempo posteriores ha ido sufriendo varias modificaciones en su arquitectura.
Plaza de Alfonso XII. 1915.
En esta hermosa plaza, que ocupa el centro de la población, además del ayuntamiento, recae la parroquia de San Mateo, edificada de 1498 a 1544, de suntuosa fábrica de cantería.
Retablo de la parroquia de San Mateo. 1905.
El retablo de la parroquia de San Mateo es notable por su delicada talla y gusto arquitectónico. Sus relieves representan la vida y muerte de Jesús, más los cuatro evangelistas. En el centro se venera la patrona de Lucena.
El Sagrario. 1905.
Soberbio artesonado en la iglesia de San Mateo. 1918.
Portada de la Epístola. 1905.
Portada del Evangelio, de la iglesia de San Mateo. 1905.
Patio de San Juan de Dios. 1915.
Fue convento de Religiosos de este nombre, fundado en 1565. Posteriormente estuvo destinado a hospital Municipal.
Convento y Plaza de San Agustín. 1915.
La portada del templo es un delicado trabajo de cantería, en combinación de variados mármoles. El interior es de estilo churrigueresco, con alto retablo en el altar mayor y artesonado de talla.
Fachada de San Juan de Dios (Hospital). 1914.
En la plaza de su nombre aparece el convento de monjas de San Agustín, cuya iglesias solo la fachada ofrece algo de arte.
Convento de San Francisco. 1914.
Fue fundado en 1696, bajo la advocación de la Madre de Dios, por don Luis Fernández de Córdoba.
Patio del convento de San Francisco de Asís. 1928.
Fachada de la parroquia del Carmen. 1915.
Además de la parroquia de San Mateo, que es la primitiva, existe en Lucena la del Carmen, de más moderna construcción y elegante estilo arquitectónico.

Encinas Reales (Córdoba)
Encinas Reales más la aldea Vadofresno sumaban una población de 2809 habitantes según el censo oficial de 1910. Situado su término en la parte Sur del partido y emplazado cerca de las sierras de Rute y Cuevas Altas.
La población tenía el pavimento empedrado, fuentes públicas y alumbrado por electricidad.
El término limita al Norte con el de cabra; al este, Rute; Sur, Archidona y Antequera, y Oeste Estepa y Aguilar. El terreno participa de llano y monte.
Artesonado del Calvario. 1916.
Es curiosa por su detallada talla y soberbios escudos nobiliarios de los ángulos, en esta cúpula. Es obra del siglo XVII.
Sierra de Cuevas Altas. 1916.
Una de las principales altitudes del término de Encinas reales es la Sierra de Cuevas Altas, cultivada en su mayor parte, en secano.
Fachada de la Parroquia. 1916.
Dedicada a Nuestra Señora de la Expectación, fue aneja a una de las de Lucena. Su interior es sencillo, con modestos altares.
El Calvario. 1915.
La iglesia ofrece en su interior un buen retablo de gusto plateresco, en cuyo nicho principal se venera un busto del Ecce-Homo.
Vista general. 1915.
Al lado de la carretera ocupa un llano, desnivelado ligeramente, entre terrenos secos labrantíos.
Ayuntamiento. 1915.
Muy cerca de la iglesia parroquial se eleva el vetusto caserón destinado al Ayuntamiento, cuyo interior ha sufrido modernas restauraciones.

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