domingo, 10 de mayo de 2026

Convento de Santa Clara, de Marchena (Sevilla)

 
Convento de Santa Clara, de Marchena (Sevilla). 
Vivían en la villa de Marchena dos devotas hermanas, llamadas María y Elvira González. Eran ricas en bienes de fortuna, y hallándose sin herederos para ellos, consultaron a Dios en la oración sobre el destino que les darían, y por oculta inspiración salieron de la oración conformes en fundar un convento de religiosas de Santa Clara.
Se empezó la obra en el año 1498, obteniendo para mayor fianza y firmeza Rescripto del Sr. Alejandro VI, y licencia del R. P. Fray Antonio de Sangrelinda, entonces Prelado de la Custodia de Sevilla.
El monasterio se edificó a doscientos pasos de la villa, pero ya ocupaba lo mejor de la población. Los bienes dotales de su fundación fueron pingües y desde su erección se sujetó a la Regular Observancia, y los frutos de santidad de este monasterio fueron siempre admirables, del que es buen ejemplar.
La Madre Sor María de la Antigua, fue ésta hija de Baltazar Rodríguez natural de Jelves en Portugal y de Ana Rodríguez natural de Badajoz. Nació por el mes de Noviembre de 1566 en las cercanías de Cazalla, y fue bautizada en dicha villa. Pasaron sus padres a la villa de Utrera, donde su pobreza les hizo servir en el convento de Ntra. Sra. de la Antigua (de donde la sierva de Dios tomó el sobrenombre) de religiosas de Nuestro Padre Santo Domingo.
Los continuos llantos de la niña hasta los tres meses pusieron a la Prelada en determinación de despedir a sus padres, llamando para este efecto a la madre que llevaba consigo a esta admirable criatura. Cuando pensó decirle su intención la niña se arrojó de los brazos de su madre a los de la Sra. Priora, acariciándose con ella y dejando desde entonces de llorar. La Prelada que era mujer de virtud y hermana de nuestro Fray Luis de Utrera y por consejo de éste la hizo criar hasta los séis años.
A esta edad enfermó y para curarla la enviaron a Sevilla a casa de un sobrino de la Priora. En esta ciudad fueron grandes los favores que recibió de Dios. Padeció acerbísimos dolores de cabeza, al que no hallaba lenitivo la medicina. Murió el caballero y volvió la niña a casa de sus padres, que a la sazón estaban en el compás del convento de Santa Clara de Marchena, siendo mandaderos.
Tenía por este tiempo la sierva de Dios de doce a trece años. Proporcionaron sus padres para que entrase en el convento para religiosas de velo blanco, como lo consiguieron, logrando así el cumplimiento del voto que había hecho en Sevilla de perpetua virginidad.
Pasó los primeros años en ejercicios y devotos sentimientos, pero resfriándose poco a poco el calor de su caridad, se dio a algunas comunicaciones, que si bien no pasaban de papeles, fueron de notable detrimento a su espíritu.
Comenzó a aflojar en los espirituales ejercicios llevándole la atención las ilusiones del mundo y las vanidades de las aficiones terrenas, sintiendo al mismo tiempo tedio en todas las ocupaciones, mortificaciones y virtud.
Pero aquél Dios, a cuya adorable providencia tenía destinada a esta criatura para cosas grandes, no dejaba de llamar a las puertas de su corazón, aún cuando éste estaba más separado de él. Vuelta al Señor y dando de mano a las cosas que antes la tenían tan preocupada comenzó a velar en el camino de la perfección y Dios a favorecerla con mano liberal. Los raptos eran continuos y en ellos le comunicaba  su Majestad dulzuras admirables y le declaraba altísimos arcanos, como consta del libro que escribió esta sierva de Dios y anda impreso con el título de Desengaño de Religiosos.
Fue su confesor mucho tiempo el Venerable Padre fray Bernardino de Corvera, con cuya dirección hizo grandes progresos en el camino de la virtud.
Padeció graves persecuciones por oponerse a las comunicaciones de las religiosas. Esta gravísima corruptela fue una espina que siempre atravesó el corazón de esta Venerable Virgen. Para hablar de sus virtudes era preciso dilatarse mucho: basta para noticia en comprobación de su fe el deseo de martirio que tuvo y refiere el capº. 10 del libro 4º de sus escritos. Llena de la luz de la fe, corrían a su cargo los cultos del Misterio de la Santísima Trinidad el día que la Iglesia lo hace presente a la adoración de los fieles. La devoción que tuvo al Santísimo Sacramento de la Eucaristía era tanta que deseaba su custodia para tener siempre en sí el Cuerpo Sacramentado de su esposo.
La esperanza fue correspondiente a su fe y esta virtud fue la que producía aquellos deseos de verse libre de las prisiones de la carne. La caridad y el amor de Dios le hacían verter lágrimas con tanta abundancia que traía mojadas las tocas y dejaba la almohada llena del llanto, en que aún durmiendo se desahogaba su amoroso corazón. Este incendio del amor divino era causa de que aún en el tiempo más erizado del invierno echábase un calor tan excesivo, que hacía apartarse a las religiosas por no poder tolerarlo.
De la caridad de Dios es infalible consecuencia la caridad con el prójimo, y en esta virtud fue pasmosa esta fervorosa virgen. Ella se encargaba de la asistencia de todas las enfermas, privándose muchos días de comer y dormir por no faltar al consuelo. A una religiosa que murió con calentura hética le daba los bocados con su boca, porque así lo pedía la enferma. Otra religiosa estando con el sudor que le quitó la vida, le pidió acostase su rostro en la almohada y lo hizo inmediatamente.
Su paciencia fue a prueba de los mayores trabajos. Toleraba con alegría e igualdad de ánimo las injurias como pudieran otros los aplausos. Su humildades hizo admirar en todos. Fregaba de rodillas los calderos, besaba los estropajos y daba a Dios gracias de que la humillase. De su humildad es fácil de inferir su obediencia. La pobreza la observó con tanta exactitud que aún carecía de lo preciso. En la castidad fue una azucena que conservó intacta los delicados candores y suave fragancia de la pureza. Su mortificación interior y exterior fueron pasmosas, y por último no hubo virtud en que no fuese admirable.

Las imágenes del interior de esta capilla del convento de Santa Clara, las tomé el día 16 de Abril de 2025, (miércoles santo), y como habrán observado se hallan sobre sus "pasos" las imágenes de Nuestra Señora de los Dolores y Nuestro Padre y Señor de la Humildad y Paciencia, titulares de la Hermandad de la Humildad, de Marchena, fundada en 1820, y trasladada a esta,  su sede canónica, en 1846 y que procesionaban en la tarde de este mismo día.

Fuentes: Bibliografía y archivo particular. Protegido por derechos de autor.

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jueves, 30 de abril de 2026

La Plaza de la Alfalfa, en Sevilla.

La Plaza de la Alfalfa, y "El Espartero".
Sobre la base de un foro romano, la Alfalfa, llamada en el siglo XVI, la parte que lindaba con la Alcaicería de la Loza, Lanuza y Ensaladeros, como Plaza de los Ensaladeros, de las Carnicerías, El Boquete. Y Mendizabal, en 1868, a la parte que lindaba con la calle Águilas . Tuvo en el siglo XVIII un mercado de abastos, hasta su derribo y acondicionamiento, en 1837, como paseo con bancos y árboles. A raíz de esto, se le llamo al todo,  Plaza de la Alfafa, del Infante D. Fernando y del General Mola, en 1937; pero nadie ha podido arrebatarle jamás, su nominación popular de La Alfalfa.
Pintura de la Alfalfa, de Enrique Roldán, 1873.
Detalle de la pintura anterior.
La pintura de Enrique Roldán nos muestra un sosegado espacio, donde conviven la ancestral espartería, los carrillos de mano para alquilar y el ambientillo creado en torno a un puestecillo de quita y pon, en donde se ofrecía humeante café de pucherete.
La Plaza de la Alfalfa a finales del siglo XIX (Hemeroteca Municipal de Sevilla).
Es una de las plazas más céntrica, y de mucho tránsito, por comunicar con los sitios más principales de la ciudad, además, por contar con tres establecimientos muy populares de la época, como fueron: la Confitería propiedad de D. Domingo Pérez y Gutierrez, en el nº 2; en el nº 17, estaba el Almacén de curtidos de D. José María Cabello y García, y en el nº 1, la Espartería de D. Manuel García.
La referida y genuina espartería, en 1902, en la que nació el célebre "Espartero", siendo en esa fecha propietario don Antonio García Cuesta, hijo del torero.
En ese mismo siglo, esta plaza contaba con asientos, arbolados y fuente pública, y era uno de los puntos más concurridos y transitados de la población, y en él tenía lugar todos los domingos y días festivos, una feria de pájaros.
La Feria de los pájaros, a principios del siglo XX.
(Fototeca Municipal) Foto de José Caparró Rodríguez.
La característica calle de Odreros, a su entrada por la Plaza de la Alfalfa, antes de la modificación que hizo desaparecer la clásica espartería, donde nació el célebre matador, Manuel García, "El Espartero".
El mismo lugar que la fotografía anterior, tras la reforma, a principios del siglo XX. (Fototeca Municipal) Foto de José Caparró Rodríguez.
En la segunda mitad del siglo XIX, el "Espartero" era el ídolo de las muchedumbres, y no había hombre alguno en Sevilla, más querido y afamado que él. Se le veía por las calles con su traje corto, de fina lana negra; de terciopelo color de ciruela el abierto chaleco y la flamante chaquetilla; su sombrero de queso, y su gran cadena de oro sobre la faja de seda, siguiéndolo la gente como algo extraño y sobrenatural.
Retrato de "El Espartero".
Y todo el que pasaba por la Alfalfa, frente a la famosa espartería, parando unos momentos sus pasos, exclamaba para sí, si iba solo, o en voz alta dirigiéndose a su acompañante: "Esa es la casa del Espartero".
Y esta exclamación era la síntesis de mil pensamientos admirativos, de innumerables recuerdos, de felices evocaciones. Era tanto como decir: "Aquí vio la luz primera el torero más valiente y pundonoroso de la época; entre esas paredes se fraguaron los sueños de gloria del torero que nos entusiasmó; aquí, en fin, está la Meca de la afición, porque aquí vive su ídolo".
Y la gente se extasiaba ante el bello rinconcillo de la espartería, como ante la grandeza de un monumento.
El infortunio segó en pleno triunfo, la vida del torero valiente, el 27 de Mayo de 1894; pero, por otra parte, quedaron en pie la casa de la Alfalfa y abiertas las puertas de la espartería, y al frente de ella el hermano del muerto, Don Bisté.
Y los partidario de Manuel García siguieron rindiendo culto a su memoria, dedicándole unas palabras de alabanza, al pasar por la casa donde vivió.
Manuel García "El Espartero".
Espartería y casa en que nació el famoso torero sevillano, Manuel García, "El Espartero"
Más también se acabó el cariñoso culto, porque la piqueta demoledora derribó la casa, destruyendo también con ella la poesía de un sentido recuerdo y de un entusiasmo popular.
El blanco y luminoso rinconcillo de casas con estructuras netamente sevillana, con sus balcones de puertas de cristales y cortinas, y sus graciosas azoteas de pretiles floridos, se tornaron en un caserón vulgar y obscuro, sin ningún rasgo que recuerde la típica arquitectura de Sevilla, ni ninguna evocación de aquel héroe de la torería.
Así iban acabando en la riente ciudad de la Giralda, muchos de los recuerdos que constituían la gracia y la poesía de su peregrino encanto. Y cada rincón que se pierde, es como una honda herida que se le abre en el corazón.


La Plaza de la Alfafa, en la actualidad. 

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