viernes, 10 de septiembre de 2021

Parque de Atracciones de la Exposición Iberoamericana de Sevilla.

Parque de Atracciones en la Exposición Iberoamericana de 1929, en Sevilla.
Sevilla, o la ciudad de la Gracia, como escribió aquel admirable José María Izquierdo. Esa gracia, inconfundiblemente sevillana, que es luz, y armonía, y alegría y claridad.
Había en el espíritu de la Exposición magnífica, que fue un legítimo orgullo de la vida española, la expresión justa de esa gracia -demos a la palabra su puro sentido helénico- que es la característica y el airón de Sevilla. 
Esa concepción optimista y amable de la vida llenaba el espíritu de todo el que visitaba la Exposición. Allí podía contemplarse no solo  la tradición, y el progreso de España y los países de ella nacidos; allí -exigencia inexcusable del turismo mundial- podía también escucharse el latido frívolo de la vida moderna. Se veía que Sevilla no solo trabajaba, y que este trabajo suyo era el reflejo del trabajo de toda España; se veía que la ciudad no era únicamente archivo de arte y de tradición, arca de valores de raza y de signos de progreso, al reflejarse en su Exposición, Sevilla supo ser, íntegramente la ciudad en que caben todos los aspectos, y como siempre ha sido, la ciudad que trabaja, que sonríe y se divierte.
Como prueba de ello, fue el admirable Parque de Atracciones de la Exposición. Cuarenta y cuatro mil metros cuadrados de superficie, de donde no había hipérbole al afirmar que se trataba del mejor parque de atracciones de Europa. El espíritu más ávido de distracciones encontraba allí el marco ideal e inagotable.
Evoquemos rápidamente algunas de sus atracciones principales, porque enumerarlas todas sería como describir una de esas cajas mágicas de las que salen, como en un sueño maravilloso, luces y colores.
El Parque de Atracciones de la Exposición Iberoamericana, aún en obras.
Portada del Parque de Atracciones, del arquitecto Don Fernando de la Cuadra.
Una de las puertas laterales del Parque de Atracciones.
Vista aérea del recinto del Parque de Atracciones con la "Montaña Rusa" en el centro de la imagen, durante el periodo de construcción, y que  durante la Exposición constituyó una de las atracciones más emocionante.

Recordemos, nada más, algunas de esas atracciones:
El Scenic Railvay, o Montaña Rusa, ofrecía a la mirada del visitante una espléndida serie de perspectivas a lo largo de un recorrido de dos kilómetros. Funcionaban en esta atracción seis trenes, en cada uno de los cuales cabían treinta personas. Los descenso rapidísimos de los coches por esta montaña rusa tenían una gran emoción.
S. M. la Reina, con el Infante don Alfonso de Orleans y otras ilustres personalidades, en la montaña rusa de la Exposición Iberoamericana.
La Water chule, era una torre de treinta metros de altura, a la que se ascendía, para mayor comodidad del público, por medio de cangilones. Desde la plataforma de espera para el descenso, ofrecía una incomparable vista panorámica de toda la Exposición, y el descenso se hacía en barcas de ocho personas cada una. Era una atracción deliciosa, porque acertaba a juntar, a la vez, la suavidad y la rapidez en el descenso a su entrada en la piscina.
El "Water-Shoot"
El Autódromo Eléctrico, era una pista electrificada para automóviles, por la que se deslizaban los coches conducidos por el mismo público.
La Ría Misteriosa, ofrecía el aspecto de una noria, que lanza el agua por canales de cemento, ocultados por túneles con vistas de países distintos (Suiza, Italia, La Costa Azul). Por esos túneles, merced a la velocidad adquirida por el agua al ser impulsada por la rueda, se deslizaban barcas para cuatro personas, a una marcha que permitía admirar los bellísimos panoramas citados antes.
El Palacio de los Espejos,  era un verdadero laberinto moderno; espejos grandes, sorpresas, trucos y callejones sin salida. Recinto de la magia y de lo imprevisto, que mantenía al público en una continua hilaridad.
El Palacio Chino, era un cabaret al que podía con toda justicia calificarse como uno de los mejores locales de este género que había en el mundo, por la traza original y graciosa de su arquitectura, era un verdadero palacio chino. Un gran parquet, vidriera artística, decoración de estricta propiedad, y como anexo una torre de veinticinco metros de altura, con varios comedores. Desde ella se gozaba de una admirable perspectiva del río y del puente de Alfonso XIII. Las luces exteriores e interiores, la citada decoración vistosísima, hacía de este palacio chino algo verdaderamente maravilloso, merecedor de toda suerte de elogios.
En el restaurante, instalado con los máximos lujos, había una magnífica terraza, desde la que se dominaba toda la avenida de La Raza y la montaña rusa. Su cocina y sus servicios eran inmejorables; y la excelencia de su iluminación daba a este restaurante, aspecto de escenario de gran novela cosmopolita.
El "Palacio Chino".
La Gran Rueda, constaba de una serie de asientos que imitan los cangilones de una gran noria. Estaba como todas las atracciones del parque espléndidamente iluminada, y su gran velocidad proporcionaba una gran emoción. Más esta emoción no impedía admirar plenamente los panoramas del parque.
La Rueda Diabólica, parecida a la anterior, se trataba de una rueda concéntrica, movida por electricidad, que al girar llevaba de un lado para otro, rapidísimamente, los coches que estaban sobre carriles en la plataforma.
El Látigo, era una de las atracciones más originales del parque. Estaba movida a vapor, y sus coches daban vueltas rapidísimas sobre una plataforma metálica. En el Látigo se unían a la vez, la emoción y la risa.
S. M. la Reina, con el infante don Alfonso, en "El Látigo" del Parque de Atracciones de la exposición.
El Carroussel, muy original, de cuyo eje central pendían siete aviones. Al funcionar el aparato, éstos se elevaban hasta una altura en la que se consigue conocer la sensación incomparable del vuelo.
Existía otro carroussel de ocho, que tenía la forma de esta cifra. Marcha veloz, descensos rápidos, pero en todo ello una deliciosa sensación.
Estas eran, nada más, algunas de las atracciones del parque. Este tenía, además, las usuales en este género de recinto: tómbola, quiosco para venta de refrescos, de objetos de arte, de perfumes, de recuerdos de Sevilla; toda esta diversidad atracciones estaban realzadas por la esplendidez de la iluminación, que daba al parque magnificencias deslumbradoras de cuento fantástico, de leyenda oriental. Este parque de atracciones de la Exposición Iberoamericana era, desde luego, el único en España, y logró ser también uno de los mejores de Europa. Con él Sevilla consiguió ajustar el ritmo de su vida, a lo que era el ritmo de la vida en el mundo.
Arte y alegría, esfuerzo y sonrisa, trabajo y frivolidad.

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martes, 31 de agosto de 2021

El Graf Zeppelin, en Sevilla.

Detalles del Graf Zeppelin, de la Línea Sevilla-Buenos Aires. (Segunda parte).
Acude al rey de Wurtemberg, quien le concede autorización para crear una lotería con que allegar fondos para su obra. El canciller del Imperio le envía cincuenta mil marcos, y la ciudad de Hamburgo cuatro mil.
Con estos medios torna el Conde de Zeppelin a sus ensayos y experimentos, revestido de una gran serenidad, y una entera confianza en su trabajo, que en los albores de 1908, logra verse coronado por el éxito definitivo, si bien más tarde el dirigible fue destrozado por una tempestad. Pero ya el invento estaba en marcha, por el mundo de las realidades.... Diecinueve años después, y próximo a inaugurarse la primera línea aérea entre Sevilla y Buenos Aires, o lo que es lo mismo, entre Europa y América, cuando esas maravillosas naves aéreas cruzaban el horizonte  llevando a los confines del mundo en breves horas todas las manifestaciones de la actividad de los pueblos, y creando lazos fraternales entre las razas más diversas, era el momento de rendir admiración, hacia esos hombres que no vacilaron en sacrificar, con admirable estoicismo, trabajo, fortuna y vida, en bien de los destinos humanos.
La torre de la Giralda, en su parte más alta, solo había recibido hasta entonce, la visita de gavilanes y de las cigüeñas. Pero a partir de Abril de 1928, corresponden a tan gran señora, y de cuando en cuando,  era visitada también por el Zeppelin, que la saludaba, cada vez que pasaba por Sevilla, con el rumor valiente de sus motores.
Imagen tomada desde la Giralda, del Graf Zeppelin, sobrevolando  las cubiertas de la Catedral.
Por Real Decreto de Febrero de 1927, en su artículo 1º, se autoriza a la "Sociedad Colón Transaérea Española", para implantar una línea de dirigibles entre Sevilla y Buenos Aires, con aeronaves de una capacidad mínima de 40 pasajeros y 10 toneladas de carga general. de la que se habían de reservar dos pasajes y 500 kilogramos de carga para servicios oficiales del Estado en cada viaje y con la obligación de establecer, en un día, en las condiciones que se convengan, una comunicación de servicio, por lo menos semanal, entre Sevilla y Canarias, con dirigibles para 16 pasajeros y una tonelada de carga general. En caso de no efectuar esta Sociedad la comunicación Sevilla-Canarias en la forma dispuesta por el Estado, éste podrá establecerla o contratarla libremente con quien crea conveniente, utilizando el aeropuerto que en Sevilla tenga la Compañía Colón.
En su artículo 4º, se dice: La Compañía concesionaria construirá por su cuenta y sin auxilio alguno, en el plazo máximo de cuatro años, y en terrenos cuyo pleno dominio adquirirá previamente en legal forma y en la extensión necesaria para el total desarrollo del servicio, un puerto aéreo completo con hangares; fábricas de hidrógeno u otro gas, que la técnica aconsejase como más conveniente; gasómetro, talleres, almacenes, estaciones radiotelegráficas y meteorológicas, elementos de aterrizajes, dependencias auxiliares, etc., en Sevilla, con sujeción al proyecto y presupuesto general aprobados por el Ministerio de Trabajo, Comercio e Industria, que deberán ser presentados en dicho Departamento, en el plazo de cuatro meses, a partir de la fecha de este Real Decreto. Las obras deberán comenzar dentro de los tres meses siguientes a la mencionada aprobación del proyecto.
El mástil o poste de anclaje, de 16 metros de altura, fue la primera  instalación del aeropuerto de Sevilla. A 250 metros del mismo, se había instalado un depósito de alta presión conteniendo el gas azul que tomaba el dirigible para sus vuelos sobre el Atlántico. Eran 2500 enormes botellas las que necesitaba la aeronave.
El carro de popa, servicio anejo al poste de amarre del aeropuerto de Sevilla.
Llegada del Graf Zeppelin en vuelo de prueba a la nueva estación de amarre del aeropuerto de Sevilla.
Eran las cuatro de la tarde  y el dirigible comunicó con el aeropuerto pidiendo que le tuvieran preparado a su llegada 400 litros de agua, para la refrigeración de sus motores. El Graf Zeppelin tenía sed.
Este gigantesco dirigible del tipo perfeccionado, fue presentado en Sevilla en Abril de 1928, dirigible que ya en otros países se empleaban para comunicaciones del mismo índole, ofrecían, además de la rapidez, no conseguida hasta el día por los transatláticos más veloces, los de la comodidad apetecible para el viajero, comparable con los de esos verdaderos palacios flotantes, que eran en esa época los grandes buques destinados a estos servicios.
Su Majestad el Rey con el comandante de la aeronave Sr. Lhemann, en la barquilla de pasajeros del Graf Zeppelin.
En las varias cabinas que llevaban cada dirigible, además de las dependencias propias del servicio técnico de la aeronave, se instalaron todas las que podían necesitar los pasajeros, cuartos dormitorios, de higiene, comedores, salón de recreo y de lectura, y todo con la mayor comodidad y lujo, con amplitud suficiente para que durante la travesía no sientan los pasajeros del dirigible la falta de ninguno de los detalles precisos en estas largas excursiones, y que no tenían nada que envidiar a la de los barcos.
Cabina de mando del dirigible que haría la travesía de Sevilla - Buenos Aires.
Aspecto del magnífico comedor del dirigible trasatlántico. 
Un rincón de la sala de lectura del dirigible.
Un dormitorio de pasajeros.
Dormitorio de dos literas.
Cocina eléctrica del dirigible destinado a la travesía Sevilla-Buenos Aires.
La línea Sevilla-Buenos Aires hacía dos viajes directos semanales simultáneos, uno en cada sentido, sin escala intermedia, empleándose en el de ida, tres días y dieciséis horas, y en el de vuelta, cuatro días y seis horas, como término medio.

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