La Plaza de la Alfalfa, y "El Espartero".
Sobre la base de un foro romano, la Alfalfa, llamada en el siglo XVI, la parte que lindaba con la Alcaicería de la Loza, Lanuza y Ensaladeros, como Plaza de los Ensaladeros, de las Carnicerías, El Boquete. Y Mendizabal, en 1868, a la parte que lindaba con la calle Águilas . Tuvo en el siglo XVIII un mercado de abastos, hasta su derribo y acondicionamiento, en 1837, como paseo con bancos y árboles. A raíz de esto, se le llamo al todo, Plaza de la Alfafa, del Infante D. Fernando y del General Mola, en 1937; pero nadie ha podido arrebatarle jamás, su nominación popular de La Alfalfa.
Pintura de la Alfalfa, de Enrique Roldán, 1873.
Detalle de la pintura anterior.
La pintura de Enrique Roldán nos muestra un sosegado espacio, donde conviven la ancestral espartería, los carrillos de mano para alquilar y el ambientillo creado en torno a un puestecillo de quita y pon, en donde se ofrecía humeante café de pucherete.
La Plaza de la Alfalfa a finales del siglo XIX (Hemeroteca Municipal de Sevilla).
Es una de las plazas más céntrica, y de mucho tránsito, por comunicar con los sitios más principales de la ciudad, además, por contar con tres establecimientos muy populares de la época, como fueron: la Confitería propiedad de D. Domingo Pérez y Gutierrez, en el nº 2; en el nº 17, estaba el Almacén de curtidos de D. José María Cabello y García, y en el nº 1, la Espartería de D. Manuel García.
La referida y genuina espartería, en 1902, en la que nació el célebre "Espartero", siendo en esa fecha propietario don Antonio García Cuesta, hijo del torero.
En ese mismo siglo, esta plaza contaba con asientos, arbolados y fuente pública, y era uno de los puntos más concurridos y transitados de la población, y en él tenía lugar todos los domingos y días festivos, una feria de pájaros.
La Feria de los pájaros, a principios del siglo XX.
(Fototeca Municipal) Foto de José Caparró Rodríguez.
La característica calle de Odreros, a su entrada por la Plaza de la Alfalfa, antes de la modificación que hizo desaparecer la clásica espartería, donde nació el célebre matador, Manuel García, "El Espartero".
El mismo lugar que la fotografía anterior, tras la reforma, a principios del siglo XX. (Fototeca Municipal) Foto de José Caparró Rodríguez.
En la segunda mitad del siglo XIX, el "Espartero" era el ídolo de las muchedumbres, y no había hombre alguno en Sevilla, más querido y afamado que él. Se le veía por las calles con su traje corto, de fina lana negra; de terciopelo color de ciruela el abierto chaleco y la flamante chaquetilla; su sombrero de queso, y su gran cadena de oro sobre la faja de seda, siguiéndolo la gente como algo extraño y sobrenatural.
Retrato de "El Espartero".
Y todo el que pasaba por la Alfalfa, frente a la famosa espartería, parando unos momentos sus pasos, exclamaba para sí, si iba solo, o en voz alta dirigiéndose a su acompañante: "Esa es la casa del Espartero".
Y esta exclamación era la síntesis de mil pensamientos admirativos, de innumerables recuerdos, de felices evocaciones. Era tanto como decir: "Aquí vio la luz primera el torero más valiente y pundonoroso de la época; entre esas paredes se fraguaron los sueños de gloria del torero que nos entusiasmó; aquí, en fin, está la Meca de la afición, porque aquí vive su ídolo".
Y la gente se extasiaba ante el bello rinconcillo de la espartería, como ante la grandeza de un monumento.
El infortunio segó en pleno triunfo, la vida del torero valiente, el 27 de Mayo de 1894; pero, por otra parte, quedaron en pie la casa de la Alfalfa y abiertas las puertas de la espartería, y al frente de ella el hermano del muerto, Don Bisté.
Y los partidario de Manuel García siguieron rindiendo culto a su memoria, dedicándole unas palabras de alabanza, al pasar por la casa donde vivió.
Manuel García "El Espartero".
Espartería y casa en que nació el famoso torero sevillano, Manuel García, "El Espartero"
Más también se acabó el cariñoso culto, porque la piqueta demoledora derribó la casa, destruyendo también con ella la poesía de un sentido recuerdo y de un entusiasmo popular.
El blanco y luminoso rinconcillo de casas con estructuras netamente sevillana, con sus balcones de puertas de cristales y cortinas, y sus graciosas azoteas de pretiles floridos, se tornaron en un caserón vulgar y obscuro, sin ningún rasgo que recuerde la típica arquitectura de Sevilla, ni ninguna evocación de aquel héroe de la torería.
Así iban acabando en la riente ciudad de la Giralda, muchos de los recuerdos que constituían la gracia y la poesía de su peregrino encanto. Y cada rincón que se pierde, es como una honda herida que se le abre en el corazón.
Fuentes: Bibliografía y archivo particular.
La Plaza de la Alfafa, en la actualidad.
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