Plaza de toros, "La Monumental", de Sevilla.
Signo de los tiempos. Cuando la pasión del deporte lo llenaba todo, y desplazaba muchedumbres de una ciudad a otra, para presenciar un partido de fútbol; Sevilla, escuela del toreo en todas las épocas y madre de los más grandes lidiadores de todos los tiempos, después de alzar su soberbio stadium para las nobles y bellas luchas del deporte, vuelve los ojos a su hermosa plaza de toros Monumental, y con un gesto de mujer práctica, decide derribarla. "Para que la quiero, si tengo la pequeña y gloriosa de la Maestranza", se habría dicho. Sin embargo, este gran coso taurino también tenía, aunque breve, su historia.
Corrían los años de la guerra europea, los de las vacas gordas, cuando el río de oro de los más absurdos negocios hacían pensar a los españoles, que su caudalosa y aurífera corriente iba a ser eterna. Sevilla, favorecida particularmente por la guerra exterior, y aumentada su población de una manera considerable, estimó insuficiente su plaza de toros de la orilla del río, aquella que Fernando VII, preocupado por la enseñanza en España, convirtió en Escuela Taurina, con su claustro de profesores y todo, y pensó que para sus grandes corridas de las ferias de Abril y Septiembre, durante las cuales tantos extraños la visitaban, necesitaba un circo de muchas más cabida.
Creyendo que sería un negocio fabuloso, el capitalismo hispalense se decidió a construir una nueva plaza de carácter monumental, y se le buscó emplazamiento en un lugar típico: el barrio torero de San Bernardo, cuna de los Cúchares y Cara-ancha, de los Curritos y Pepetes; solar de la antigua toreria sevillana, que preside la torerísima Virgen del Refugio, desde la meseta del toril de su altar.
Esta imagen corresponde a la nueva plaza de toros, aún en construcción, de la que se había hundido un trozo, en Diciembre de 1916, a consecuencia según dijo la prensa de la época, de las fuertes lluvias y el viento.
Vista exterior de la nueva plaza de toros, prácticamente terminada.
Como vemos en esta fotografía, de nuevo se hundió la misma parte que hemos visto en una fotografía anterior. Esto sucedió cuatro meses después, en Abril de 1917, cuando se verificaban las pruebas de resistencia, y a causa, según se dijo en esta ocasión, y se suponía, que por la excesiva cantidad de arena mezclada en el hormigón armado.
Vista aérea de la Monumental, a finales de 1917.
Puerta principal de la Monumental.
Fue Joselito, por desavenencias con las gentes de la Maestranza, el principal animador de esta empresa, que él sinceramente creyó que había de redundar en beneficio del público sevillano, y en satisfacción y orgullo legítimo de Sevilla, dueña de un nuevo coso, el mayor de España.
El 10 de Abril de 1918, se hizo la definitiva prueba de resistencia de la nueva plaza, con satisfactorios resultados; pero no pudo ser inaugurada.
La cabida era de 23065 espectadores, distribuidos en la forma siguiente: sombra alta, 1882; sombra baja, 3801; sol y sombra, 1549, sol y sombra bajos, 2027; sol alto, 2884; sol bajo 3851; abonados de sombra 3838 y abonados de sol, 3523.
La inauguración tuvo efecto el 6 de Junio de 1918, con seis toros de la ganadería de don Juan Contreras, por Joselito, Curro Posada y Fortuna. El segundo toro cogió a Posada por el pecho, produciendo enorme impresión la cogida, que afortunadamente, no tuvo consecuencias, pues Curro lo mató muy bien, y cortó la oreja; y Joselito tuvo una gran tarde, y también cortó otra oreja, así como Fortuna. El ganado fue el único que deslució la fiesta inaugural, a la que acudieron 19000 personas.
La Plaza Monumental, en el día de su inauguración, palpita rebozando vida, llena de un público al que emborrachan los bizarros desplantes de "Joselito", el único torero que supo sostenerla.
Bajo la égida de Joselito, mientras Belmonte permanece fiel a la vieja plaza de los maestrantes, el nuevo ruedo san-bernardino ofrece a la afición sevillana tardes de gloria y esplendor, en las que lucen, junto a la sabiduría y el arte del joven maestro, el valor temerario de Ignacio Sánchez Mejías, y también de Varelito y Maera, los dos bravos hijos de Triana, caídos ambos sobre la arena candente de los circos.
Y allí nacen al toreo y a la fama, sufriendo sus primeros bautismos de sangre, y descubriendo un arte y una gracia, que han de imponerse luego a todos los públicos de España y América, dos chavales que alborotaban Sevilla: Manolo Jimenez, hijo del malogrado Chicuelo, y Juan Luis de la Rosa; pero la Plaza Monumental no tiene solera, y en cuanto le falta la sombra tutelar de Joselito, desaparecido trágicamente cuando más falta le hacía, la gente le vuelve la espalda, y hasta los mismos diestros, prefieren la otra.
"Joselito" en la Monumental de san Bernardo, que él mismo inauguró, en 1918.
S. M. la Reina Doña Victoria Eugenia, en el palco de la plaza de toros Monumental, de Sevilla. 1920.
El Fútbol, ya arraigado en Sevilla con clubs y equipos que se disputan en ardientes combates, la supremacía del deporte regional y nacional, contaba cada día con más adeptos apasionados, mientras la Plaza de Toros de la Maestranza, capaz para 13000 espectadores, ya no se llenaba, ¡Como se iba a llenar la Monumental!.
La posguerra vino a deshacer muchas ilusiones, y aquél que pareció un negocio fabuloso en 1918, a los tres años se ve que es una ruina. ¡Quién iba a decir entonces a don Manuel Pineda y demás iniciadores de aquella sevillanísima empresa, que el verdadero negocio habría de ser el levantamiento de un estadio!.
Estas tristes ruinas, eran todo lo que quedaba de la Plaza Monumental, en 1930, completamente arrasada ya... cuando la piqueta de los demoledores acabó con su existencia, la Plaza Monumental no había cumplido aún, doce años.
Fue un tal Sr. Martí, un fabricante catalán, que tenía sus almacenes junto al monumental coso, quien lo adquirió para derribarlo, pagando por ello cuatrocientas mil pesetas, para posteriormente hacer una fábrica, ampliación de la que tenía al lado.
Así, que donde sonaron las palmas en honor de Joselito Maravilla, pronto habían de sonar las máquinas; donde se escucharon los silbidos del público, se escucharán los de las sirenas, llamando al trabajo, y, en fin, sobre el mismo ruedo en que se ejecutaron faenas magníficas, se volverán a ejecutar a diario otras faenas, menos brillantes y gloriosas, pero más útiles y eficaces, para el porvenir de Sevilla.
Fuentes: Bibliografía y archivo particular.
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