domingo, 29 de marzo de 2026

Leyenda de la Cruz del Soldado, en Gerena (Sevilla).

 
Leyenda de la Cruz del Soldado, de Gerena (Sevilla). 
 La Cruz del Soldado,  tras la última reforma llevada a cabo en 2005. Postal del 2010.
Esta Cruz del Soldado,  es un antiguo humilladero que se encontraba a extramuros de esta villa, en lo que era el camino de entrada al pueblo, procedente desde Sevilla. Muy cercano a la misma  había un pilón abrevadero, que según me cuentan personas mayores, que siempre han vivido justo al lado de esta pequeña plaza, lo utilizaba  la chiquillería de los que no contaban con medios de fortuna para trasladarse a orillas del mar, para disfrutar los días de asfixiantes temperaturas, de las caricias y frescas aguas que rezumaban del pequeño caño, de dicho pilón.
Esta plaza triangular, situada en una ligera pendiente en la intersección de dos calles, cuando se llevaron a cabo las últimas obras, tenía en el centro, la cruz que le daba nombre a la plaza, sobre un pedestal de mármol (hoy de cemento y piedras), (¿?), y que estaba delimitada por un seto perimetral a excepción de su extremo superior, permitiendo por aquí el acceso al interior de la misma; contaba también con un acerado de adoquines de granito, y  su interior pavimentado con solería, alternando baldosas rojas y blancas, de una anterior reforma que tuvo; hasta que en el año 2005 se acometieron nuevas obras de adecentamiento,  y cuyo resultado es el que verán en las ultimas fotografías.     
* * *
El ilustre escritor ecijano, D. Benito Más y Prat, a quien Sevilla quiso honrar su memoria dedicándole una preciosa glorieta en el Parque de María Luisa, de esta ciudad; fue el poeta hispalense por excelencia que cantó las bellezas de aquel suelo con tal riqueza de color que no puso un tono más, ni un tono de menos de cuantos componen el siempre árabe reino de Andalucía.
Colaboró como columnista en periódicos de su tiempo, como El Alabardero, El Liceo Sevillano y en la Ilustración Española; y es en este último,  donde  aparece un artículo en el último tercio del siglo XIX, que habla de "Las Cruces", esa tradición cristiana que el pueblo ama, y que halla en ellas un grato venero de misterio que las rodea, hasta el punto de considerarlas parte integrante de su existencia.
He entresacado del artículo de D. Benito Más y Prat, lo siguiente:
"Apenas hay pueblo en España que no pueda mostrar al curioso algunas de esas cruces tradicionales. Cuando a la caída de la tarde cruza el viajero por nuestras campiñas de Andalucía, las ve destacarse poco a poco entre los oscuros olivares; cuando, al cerrar la noche, se acerca a los bardales del pueblo, divisa a lo lejos la misteriosa luz de sus farolillos; cuando, soñoliento y maltrecho, penetra al cabo en la antigua posada de anchos umbrales y pesados arcos de herradura, suele hallarlas de nuevo en el portal, coronadas de malvarosa y manzanilla.
Nada más interesante a veces que las historias de esas cruces, que corren por los pueblos de boca en boca y se relatan al amor de la lumbre, en las largas veladas de invierno."
Y a continuación, y de la preclara pluma de tan ilustre escritor, les voy a dar a conocer, la antigua leyenda de:
La Cruz del Soldado, en Gerena.
"En las cercanías de Gerena, pequeño pueblo de Andalucía, se halla La Cruz del Soldado, erigida según reza la tradición, con motivo de un hecho patético y doloroso:
Un valiente muchacho de aquél lugar acudió como bueno a la defensa de su patria durante la guerra de la Independencia, y pasó algunos años lejos de su tierra y de sus padres.
Su madre y su novia, de cuyo seno se había despedido a paso de carga y con las lágrimas en los ojos, le escribieron las consabidas cartas en letras mayúsculas, deseándole la más cabal salud al recibo de sus cortas letras, y haciéndole sufrir con paciencia la separación y los balazos.
   Un día tuvo varias alegrías inesperadas: el anuncio de su vuelta a Gerena, la entrega del diploma de la cruz laureada de San Fernando, y el recibo de dos expresivas cartas del pueblo, escritas, sea dicho de paso, en incomprensibles patas de moscas.
Lió sus bártulos; compró el reluciente canuto, que suspendió de una cinta color de esperanza, y echándose la bota al coleto, el palo al hombro, y atrás el camino, dio vista a la suspirada Itaca, al rincón de sus alegrías, al nido blanco y risueño donde tiró las primeras piedras y los primeros besos.
   Como no había querido anunciarse, por tener el gusto de proporcionar una doble sorpresa, llegó solo al porche de la iglesia y permaneció un momento arrodillado, con la gorra debajo del brazo.
   Despuntaba el día y terminaba la misa primera, cuando un ligero vocerío resonó a la puerta del templo: eran dos recién casados, que acababan de verificar sus velaciones, y que salían atropelladamente, seguidos de amigos, parientes y gente menuda. El novio iba triunfante, altanero, dichoso; la novia satisfecha, risueña y coronada de rosas marchitas.
Nuestro soldado sintió desplomarse el campanario sobre su cabeza; aquella mujer era su prometida... su prometida, a la que había perdido para siempre.
Ni una frase, ni un solo movimiento dio a conocer a los que salían, el rudo golpe que acababa de llevar el recién llegado. En tanto que la comitiva desaparecía por la calle frontera, iluminada por el sol naciente, él tomaba la dirección opuesta, pensando en otra mujer: en su madre.
   La suerte, sin embargo, le reservaba el último golpe. Al dar vista a la pequeña explanada en cuyo frente se levantaba la pobre casa de sus padres, le cerró el paso un lúgubre cortejo, y divisó en el grupo de campesinos cubiertos de largas capas de paño pardo a casi todos sus allegados.
Se arrojó como un loco sobre el ataúd, cuya cubierta separó violentamente, y retrocedió lanzando un solo grito, ronco, seco, reconcentrado.
Tenían ante los ojos el cadáver de su madre.
   Cuenta la tradición, que el pobre soldado siguió al cortejo sin articular una sola palabra, y luego que cayó sobre el rostro de la muerta la última paletada de tierra, se detuvo en un recodo del camino y se atravesó el costado con su propia bayoneta. La Cruz del Soldado se levanta en el mismo sitio donde cayó el cuerpo ensangrentado del pobre mártir."

La Cruz del Soldado, y su pequeño y coqueto jardín, en la actualidad.

(Si haces clic sobre las imágenes, las puedes ver ampliadas)
Entrada dedicada, a mis amigos Manuel Rodríguez Llamas (Cholo), y a Manuel Jesús Martín Fuentes, como agradecimiento por el cariño, mimo y buen hacer demostrado en la limpieza, diseño floral y poda de nuestros jardines, plazas, etc. que nos hacen la vida comunitaria más agradable, y contribuyen a mejorar nuestra calidad de vida y medio ambiente.

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